Three Chicago Poems & an Update

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I
Los poemas de Chicago de
Carl Sandburg aparecieron en 1916: son obras duras y hermosas, hermanas citadinas de las apologías del Hombre que intentó y logró Whitman. Por su intensidad, por su vértigo, son el equivalente poético de una madriza. (Las mejores versiones de Sandburg en español son, tal vez, de Villaurrutia; Borges tiene una por ahí y Paz, acaso, también. Ni modo.)

Dirán

De Chicago lo peor que dirán los hombres es esto:
Apartaste a los niños del sol y del rocío
y de las luces que juegan sobre el pasto bajo el cielo enorme,
y de la lluvia imprudente; los pusiste a trabajar
entre muros, rotos y asfixiados, por pan y por varo,
para comer polvo, para que haya polvo en su garganta,
para morir con el corazón vacío, polvo de corazón, por unas monedas
en unos cuantas noches de sábado.


Perdido

Desolado y solo,
toda la noche en el lago
donde la niebla se arrastra y repta la bruma,
el silbato de un barco
llama y llora sin fin,
como un niño perdido
a lágrima viva
en busca del abrigo del puerto
y los ojos del puerto.


Una cerca

La casa de piedra frente al lago ha sido terminada y los obreros comienzan la cerca.
La palizada está hecha de barrotes de hierro con puntas de acero, puntas que pueden matar a cualquier hombre que caiga sobre ellas.
Como cerca es una obra magistral, y dejará fuera toda la pinche chusma y todos los vagabundos y todos los jodidos y todos los niños que busquen dónde jugar.
Nada pasará entre los barrotes, sobre las puntas de acero, nada: nomás la Muerte, la Lluvia y el Mañana.

II
Rápidamente aumenta el número de los primeros poemas del blog que ni los negros quieren leer:
Baile caliente, poesía en verso o prosa, por Chabelo (sus papás le dicen Gabo, y cuando están enojados ¡Gabriel!), el Negro (sus papás no le hablan pero le pusieron Adrián cuando lo querían) y Alón (qepd). Poesía para leer en los aviones, poesía del tipo “A guy walks into a bar with a steak and a blood-pudding”, poesía para olvidar en el metrobús y para olvidarse del Vips. La épica del teporocho y la lírica de las niñas que se portan mal. Puro dominio público: róbatelo, bórralo o no le hagas nada.


Desempance: Pollitos en fuga

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Sí sí: ya sabemos que tú, como el señor Burns, odias el reciclaje pero si reconoces este texto se te suplica: no reveles su procedencia.

Dicen que la mejor prueba para conocer a un cocinero o a un restaurante es su pollo rostizado –en horno o en rosticero giratorio–; dicen que a algunos un gran pollo les puede llevar años de entrenamiento. (Otros dicen que el aprendizaje del rôtisseur nunca termina.) Dicen que para producir un pollo celestial, de piel crujiente, jugoso, untuoso, entre ambarino y marrón, hay que sentir verdadera codicia por la perfección; que en su cocción hay que verlo, olerlo, voltearlo, mojarlo con su grasa, oírlo; dicen que el ave canta en el horno como en el poema de Paz el viento canta en el incendio. Dicen todo esto, pero nosotros ¿por dónde empezamos?

Hay un primer estándar –el básico, digamos, el que cumple nomás con las normas elementales de calidad en piel, carne y jugo– que no es difícil hallar en las panaderías (o panificadoras, palabra que siempre me ha sonado a futurista cincuentera) de gran producción, quién sabe por qué aunque es posible conjeturar que una rôtisserie no encontraría difícil, en los viejos días, hacer un poco de pan en sus hornos, o a la inversa. La Espiga, siquiera por antigüedad, es un clásico. Está en la esquina de Insurgentes y Baja California, en la frontera de la Roma y la Hipódromo: su pollo es suficiente, pero se agradecería, tal vez, un poquito más de empeño en el basting –es decir: recoger la grasa y jugos que caen al rosticero y con ellos darles suavidad y apostura a los pollos. (Aunque el pan de muerto de La Espiga ya no es, ni de lejos, lo que solía ser, sus medianoches con jamón delgadísimo, mayonesa y queso amarillo, chiquitas, muy gustosas, saben aún como sabían en mi recuerdo, fechado hacia 1976.) Es llamativo comprobar que La Espiga y La Esperanza comparten marca de rosticeros: ambas usan los potentes Valmex para 68 pollos, si no me equivoco, pero los resultados en el ave difieren por uno o dos peldaños. El de La Esperanza (cuando menos la que está en avenida Cuauhtémoc casi con eje 5, en la Narvarte) es un pollo más crujiente, más hondo aromáticamente, más sabroso.

El siguiente paso es la rosticería “formal”, es decir, dedicada únicamente al sonoro producto. De menos a más, tal vez éste sea el orden: Los Molinos, que hay, por ejemplo, en el metro Chapultepec, y tienden a lo popular, con tacos aptos de pescuezo o de alitas (también tienden a la combinación extraña: tienen un pequeño expendio de churros con chocolate); GiliPollos (genial nombre; hay varias sucursales pero la mejor está en la esquina de 5 de Mayo e Isabel la Católica), que se comen en la barra con tortilla, sin cubiertos que son para los cursis –la tortilla puede ser plato, tenedor, cuchara–, acompañados de una potente salsa roja o rajas de jalapeño en escabeche, arrocito naranja (que en realidad no sabe a nada) y papas al horno rosticero o fritas, en un glorioso ensucie de manos y comisuras bucales; en el escalón de arriba están Pollos Río y Los Guajolotes, dos viejos afanosos del rostizado a la leña (Río nació en 1946, Los Guajolotes en el 54); en Río hay que pedirlo sazonado al pastor, que viene sobre una cama de ensalada, y en Los Guajolotes, en torta: una telerita; ambos son sabrosos, aunque quién sabe si estén a la altura de su precio. Ahí entra el mejor del grupo (por lo menos hasta nuevo aviso): son los Pin Pollo’s (otro nombre genial; algo está pasando), en la calle romana de Campeche, entre Monterrey y Tonalá. El adobo de su ave ranchera es delicioso, intenso; el sazón de la que rostizan a la leña y al gas sencillamente redondo... Su rôtisseur es, para mayor encanto, un pesimista total. “Después de años de hacer pollo en leña y en gas –me dijo hace mucho tiempo–, hoy puedo afirmar una verdad: bien sazonados, nadie puede notar la diferencia.” (Yo hice una cata a ciegas personal y juré que sí, que la diferencia era notable o siquiera perceptible... pero acaso me mentía, y era sólo que aún no quería cancelar las esperanzas.)

Quiero pensar que ya me libré del todo del prejuicio que dice que la mejor comida se encuentra en restaurantes con tres estrellas o, peor aun, con tres simbolitos como éste: $. Sin embargo, con el pollo de L’Olivier desaparecido o en vías de extinción, la cocina de Le Cirque (Mariano Escobedo 700, Anzures, 5263 8881), con el corazón dividido entre Francia e Italia, lanza un pollo perfecto en cada una de sus piezas: las alas se deshacen de mirarlas, la piel cruje al contacto con la boca, muslos y piernas imbuidos de sabor, pechuga sorprendentemente jugosa... Además, tienen la delicadeza de extraer les huîtres, dos trocitos de carne (en efecto, tienen forma de ostión) que reposan a los costados de la columna, en la “espalda” del pollo, y son tal vez las piezas con mayor concentración sápida de toda el ave...

Si yo fuera platónico, pensaría que en el Mundo Espiritual, Inteligible, hay un Pollo arquetípico, una Esencia y una Forma a la que aspiran, sin saberlo, todos los pollos de la tierra –que no son esencia sino apariencia–; pensaría que Alguien le impuso entre la piel y la carne una Mantequilla igualmente arquetípica, le impuso hierbas (cada una de las cuales es Hierba) y Sal; que ahora gira en un Rosticero eterno y (a la vez, extrañamente) está siempre lista para comerse. No es imposible que el pollo de Le Cirque, terrestre y modesto, sea lo más cercano que hay a esa Ave en la ciudad de México, mundo de las apariencias.

Postscriptum. Ya es un hecho: el cultérrimo e hiperreferencial Arturo Ávila prepara un blog. Qué envidia, carajo, pero si alguien lo propone yo feliz de la vida secundo que todos nos mudemos para allá.

Postdata al postcriptum. He aquí dos amigos cuyos blogs me urgen: Adrián Román, ultimo gabbiano alla tempesta, que algunos, quién sabe por qué, llaman Negro. Me imagino su blog: de un dramatismo concentradísimo, denso como una piedra de crack. Y la gran Jahel Leal (ignoro si alguna vez leerá esto), de inteligencia fría, malévola, cioranesca.


Voto por el suicidio

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1. Dicen que hay algo romántico en perder, en contemplar el abismo y cuando el abismo nos contempla dejarnos al fin caer; si así fuera, nada más heroico que el suicidio: último lance al abismo de un cuerpo que ha caído ya todas las escaleras. Esto, lamentablemente, no siempre es cierto. Los cursis dicen que el suicidio es una cobardía. Esto, afortunadamente, no es cierto nunca. El suicidio es un acto extremo de libertad: condenados a vivir, la única elección real que nos queda es la muerte, libre albedrío que es una carcajada en la jeta de quienes nos aman, dicen que nos aman, nos odian o dicen que nos odian. Pero, aunque en cada suicidio hay un punto nigérrimo, una desesperación, no todos son iguales, no tienen la misma dignidad. Luis Antonio de Villena ve tres ruedas del suicidio: en la más baja, al ras del suelo, están quienes se suicidan por desesperación: contrariados por una deuda o por un amor desgraciado. Ellos acaso no merecen la muerte porque aman la vida tal cual es. Julieta, que fingió su deceso, ha de suicidarse porque eso ha hecho Romeo: un detalle meramente escandaloso, aunque empape el momento de palabras bellísimas (O happy dagger, here rust in me!); Cleómbotro se lanzó de una muralla nomás haber leído el Fedón: así lo escribió Calímaco:

una obra sola
de Platón que leyó, la que trata del alma.

Flotando sobre esta rueda está la de los estoicos y aquellos a quienes obliga el honor: los muchos espadachines del “cuento” de Borges en Historia universal de la infamia, por ejemplo, o los samuráis abandonados de su amo. En la más alta rueda están los enamorados de la muerte, quienes la seducen, se la sientan en las piernas, se la fajan hasta que hay que penetrarla por todos los orificios que tiene. ¿No escribió el amado Cernuda que

la muerte únicamente
puede hacer resonar la melodía prometida?

Hay una encantadora oración de La Rochelle, citada en Antibárbaros, que bien puede ser un espejo de esta rueda: “Me gustaría entrar en la noche que no es la noche, en la noche sin estrellas, en la noche sin dioses, en la noche que nunca ha soñado con el día, en la noche inmóvil, muda, intacta, en la noche que nunca ha sido y que no será jamás. Amén.”

2. En un episodio suicida, internado en el manicomio, Jorge Cuesta se cortó los güevos. El acto es estruendoso, bellísimo y terrible. Son también muy bellas aquellas líneas de Opto por el suicidio:

Aún no es el momento si la piel de tus dedos
se deleita con la voz o el escalpelo de Lucano.
Será el día más allá de todo eso. Sin gestos
ni teatro meditado. Una tarde imposible para todo.

Acaso es mi imaginación, pero yo temo algo suicida y delicioso en Nocturno muerto de Villaurrutia:

Primero un aire tibio y lento que me ciña
como la venda al brazo enfermo de un enfermo
y que me invada luego como el silencio frío
al cuerpo desvalido y muerto de algún muerto.

Pero mi poema favorito sobre el suicidio está en Birthday letters, que Ted Hughes dedicó a Sylvia Plath, su mujer, suicida. Su título es Red. Dice Hughes: tu color era el rojo, cuando pudiste volviste el cuarto rojo: a judgment chamber; la alfombra era de sangre, las cortinas: ruby corduroy blood: cascadas de sangre del techo al suelo. Igual los cojines. Todo rojo but, aclara en la última línea, the jewel you lost was blue. Azul era la joya que perdiste.

3. Para salvar a la humanidad y a esta pobre tierra que está en las últimas, sólo hace falta el suicidio de seis personas: yo, tú, él, nosotros, ustedes y ellos.


Sobre mojado

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Isabel, dice, no pudo evitar correr la voz. (Ver comentarios al post anterior.) Luego de un intercambio pasado de lanza en el blog de Rochillito, la joven (espero) Melusina ha creado un blog que se dice, literalmente, Dedicated to the proposition that no one has slept with Alon. Luego de la encantadora viñeta de Tlacuiloco, esto equilibra la balanza. A mí, por lo pronto, me recuerda aquellos versos:

yo vi tu atroz escama,
Melusina, brillar verdosa al alba,
dormías enroscada entre las sábanas
y al despertar gritaste como un pájaro
y caíste sin fin, quebrada y blanca,
nada quedó de ti sino tu grito.


Reposo 3

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Gerardo Aguilar Tagle, a quien sus cuates tal vez llaman Tlacuiloco, posteó en su blog una viñeta que se llama, increíblemente, Antrobiótica en papel y sucede muy
temprano en el parque México. Todavía me tiembla la mano.




On the road

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Algumas coisas sobrevivem ao naufrágio das ilusões dice (entre otras madres) d’Assis. Michelle on the road, desde las antípodas de sí misma, sitiada en su epidermis por un mes inasible que la ahoga, parece refutarlo. Su texto vale la pena. Está acá.


Propósitos: Il sogno

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Hacer una historia de los celos; hacer una biografía de la rubiedad; hacer una lista cagada de letreros en camiones: “Ni amo ni esclavo, simplemente amigo”… Un hombre abre los ojos; está en una montaña, en una calleja, en su cama, en el fondo del más muerto de los mares muertos, y el fantasma de la mujer que amó y no vive más lo mira; habla (“juntaré tu polvo con el mío”) o no habla; lo toca o no; se quita los guantes o se los deja puestos. Un día también voy a juntar muchas de esas entrevistas fantasmagóricas. Por lo pronto va ésta: El sueño del pobre Leopardi. Lo traduje en endecasílabos, para que su infidelidad fuera soportable. El original está acá.

El alba era, y entre cerradas hojas
por la balconada insinuaba el sol
ya su albor primero en mi ciega estancia;
cuando en el tiempo en que más leve el sueño
y más suave la pupila obscurece
se detuvo a mi lado y me miró
el fantasma de aquella que el amor
me enseñó primero y dejóme en llanto.
No se veía muerta sino triste
y de infeliz semblante. A mi cabeza
acercó su mano y con un suspiro
me dijo: “¿Aún vives, recuerdo alguno
guardas de nosotros?” “¿De dónde y cómo
vienes, beldad querida? Cuánto, oh cuánto
–dije– he sufrido y sufro. No creía
que de ello enterarte debieras, y esto
mi dolor volvía más desolado.
Pero ¿a dejarme vienes otra vez?
Mucho lo temo. Dime, ¿qué sucede?
¿Eres tú la de antes? ¿Qué te consume
internamente?” “Obstruye el olvido
tu pensamiento y lo confunde el sueño”,
me dijo ella. “Muerta soy, y me viste
la última vez ha muchas lunas.” Grande
dolor al oírla oprimióme el pecho;
y siguió: “Muerta en la flor de los años,
cuando es vivir más dulce, antes que sepa
el corazón cómo es inútil toda
humana esperanza: mucho desea
a la que lo lleva de todo afán
el mortal enfermo, mas sin consuelo
llega la muerte al joven, duro el hado
de la esperanza que entierra y extingue.
Vano es saber lo que natura esconde
a los inexpertos de la vida, y mucho
a la inexperiencia el ciego dolor
prevalece.” Oh infortunada, oh querida,
calla, calla, dije, que el corazón
quiebras con tus palabras. ¿Estás muerta,
amada mía, y yo vivo; en el cielo
escrito era que ese sudor extremo
estos despojos, queridos y dulces,
debieran probar, y enteros quedáranme
estos míseros restos? Cuántas veces
pensando que no vives, y que nunca
podría de nuevo en el mundo hallarte:
mucho cuesta creerlo. Ay, ay, ¿qué es esto
que muerte llamamos? Hoy entenderlo
pudiese acaso y apartar mi cabeza
de los atroces odios del destino.
Joven soy, mas se consume y se pierde
como la vejez la juventud mía,
y a aquélla temo aunque esté tan lejana.
Mas en poco difiere la vejez
de la flor de mi edad. “Tú y yo nacimos
al llanto –dijo–, la felicidad
no sonríe a nuestras vidas, y el cielo
deleitóse en nuestras penas.” “Si el llanto
cubre ahora mis pestañas, y el rostro
pálido es por tu partida, si traigo
el corazón de angustia lleno, dime:
¿De amor o de piedad alguna chispa
hacia el mísero amante el corazón
te encendió mientras vivías? Entonces
desesperé y esperé noche y día;
hoy en el vano dubitar se cansa
la mente mía. Mas si una vez sola
dolor te apresó por mi negra vida,
no lo ocultes, te lo imploro, y socórrame
el recuerdo hoy que el futuro han quitado
a nuestros días.” Dijo ella: Confórtate,
oh desventurado. Yo de piedad
no fui avara, y ahora no lo soy,
pues mísera fui también. No querelles
por esta infelicísima doncella.
Yo exclamé: Por el amor que me agota,
las desventuras nuestras, el amado
nombre de juventud y la perdida
esperanza de nuestros días, deja,
querida mía, que tu mano roce.
Ella la tendió, en acto suave y triste;
mientras la besaba, con afanosa
dulzura palpitando, y la oprimía
al anhelante seno, de sudor
hirvientes pecho y rostro, y apagábase
la voz entre los labios, tembloroso
se hizo el día. Con ternura fijó ella
sus ojos en los míos: “¿Se te olvida,
oh querido, que en mí ya no hay belleza?
Y tú de amor, desventurado, en vano
tiemblas y ardes. Ahora, al fin, adiós.
Nuestras míseras mentes, nuestros cuerpos,
se separan para siempre. No vives
ni vivirás por mí: roto ha el destino
la fe que me juraste.” Zozobrando,
queriendo gritar con angustia, llenas
de inconsolable llanto las pupilas,
desperté de aquel sueño. Ella seguía
en mis ojos, y aún creía verla
entre los rayos inciertos del Sol.


Desempance: It's a wonderful life!

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I loved you for your body
but that doesn’t make a fool of me...

Leonard Cohen, Closing time

Los admiro y los respeto.
Tal vez porque extravié mi juventud
buscando en antiguos libros: Ficino,
Fedro, Plotino, Hafiz y Catulo,
el arrebato y el gozo que quise,
temeroso, negarle a mi existencia;
o porque las cosas amables
—me refiero a las cosas de la vida
merecían, según yo, más altos cielos.
Los admiro porque sé que en nosotros,
amigos y amigas mías, están
las mañanas más dignas, que pasamos
entre música muy alta y alcohol;
o porque he entendido —poco trabajo
me costó— que para ustedes soy sólo
el que paga antros y papeles
y en mi casa nos encontramos todos
y nuestros cuerpos son felices.
Y aceptémoslo: porque así nos gusta.
Soy incapaz, digamos, de una sobria
conversación contigo, Leonardo,
pero eres delicado como un óleo
de Dante Gabriel Rossetti. (Sé bien
que tú te quedaste con mi reloj
negro; mas no te apures, que no pienso
decirte nada.) Y me gusta que estés
muy cerca, Ellena, aunque ignoras cualquier
refinamiento, porque todavía
no has cumplido dieciocho, tu mirada
me recuerda a las focas y te entregas
a los vicios y al amor por igual
de hombres y mujeres... Porque intuir puedo
que dentro de algunos años, no muchos,
tornarán a ser padres y psicólogas
(lo he visto suceder ya varias veces)
y yo, después de buscarlos y hallarlos
en muy distintos rostros y también
distintos nombres, intuiré la gris
colina o el frío bosque del norte.
Y apartado para siempre del mundo,
cansado, profundamente cansado,
en la última torre, la de Quevedo
y Fray Luis; rodeado otra vez de libros
muy antiguos, los recordaré a ustedes:
sabré que los habría coronado
de violetas y flores de azafrán,
que a su lado cualquier calleja oscura
fue un brillante jardín de Medio Oriente;
que otra noche en su presencia sería
para mí agua muy fresca y salvación;
que su compañía me dio belleza,
juventud y justicia. Comprenderé estas cosas
y veré al final, en la floreciente
ribera del Aqueronte, la ansiada
unidad, el círculo prometido
de todos los seres. Estaré yo
y mis semejantes, que hemos buscado
en el transcurso descortés del tiempo
la efímera amistad de un cuerpo joven;
y estarán ustedes, amigos míos,
dueños cotidianos de la alegría,
hermosos virreyes perdidos,
que fueron en nuestra vida el reflejo
breve de una Felicidad más alta,
de una Dicha perfecta y celestial.


Quién sabe cuándo habrá sido escrito este poema. Sé, sin embargo, que fue en un tiempo en que yo soñaba para justificarme que tenía una casa llena de amigos y zarabanda; una casa erótica y divertida. Es decir, exactamente como ahora.


La última y me largo

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La vida es de una aburrición casi total. Es lenta, inútil, mojada apenas por un par de momentos más o menos sabrosos. Pero ¿es eso justificación suficiente para usar drogas? Cuando empecé a consumirlas, hace siglos, no lo hice porque el hecho pudiera también ser un puño alzado. Meterse una tacha era simplemente prolongar la felicidad, ver un poquito extra cada vez. Nada más. Y mezclábamos (con mi brother Saít, un espeso por donde quiera que se le viera), sin preocupación alguna, mescalina, éxtasis, un ácido y un buen de chupes. Eran años raros. Nos afectábamos con mota la memoria de corto plazo, veíamos cosas con un aceite y en tacha queríamos ligarnos a quien fuera. El amor estaba ahí para que nosotros lo tomáramos, aunque, ahora lo sabemos, se trataba también de un simple efecto lateral. ‘Now the drugs don’t work’: ya no sirven las drogas, dice famosa y tristemente The Verve en voz de Richard Ascroft, que se ha metido todo. ¿Para qué entonces, si tienes maomeno entre quince y treinta años, meterte cosas en el año 2005?

Consumir drogas sí puede ser una rápida y efectiva mentada de madre a lo que opina todo el mundo, un decir: ‘éste es mi cuerpo; haré lo que yo quiera con él, dolorosa o deliciosamente’. Es un suicidio paulatino y respondón, si quieres. Es también dejarse caer; ver jeta a jeta un lado muy espeso de todo y, al mismo tiempo, uno de sus lados más expresivos. Como se puede ver en esta revisión de drogas antreras (los links, al final de este post), es asimismo un apartado nocturno donde podríamos convivir, otorgarnos el beneficio de la duda, donde una persona a quien detestabas puede convertirse en un dichoso compañero de jalón. Sin embargo, un usuario de drogas (o, peor, un adicto) es inútil, y al ‘sistema’ (odio usar esta palabra, acartonada y vieja, pero por ahora no hay otra) le molesta. Éste está en contra del consumo de drogas, y en contra del amor también, porque ambos pueden volvernos ‘disfuncionales’ (otro término espantoso), improductivos, lerdos que sólo piensan en detener el tiempo, ebrios sin sentido. Sólo enamorados o en drogas, legales o ilegales, somos capaces de veras de mandar a la chingada a la familia y el trabajo.

También, aunque esto no siempre se nota, las drogas pueden ser herramientas del aplanamiento, la masificación y la güeva. ¿A quién puede sorprenderle ya que el gringo promedio haya inventado y puesto de moda la locución y el concepto de heroin chic? Güeyes y viejas que simplemente están repitiendo conductas vistas en Big Brother o The Real World o donde quieras: estupidez total. Las drogas pueden ser una zonza salida de casa (sin salir de casa, por supuesto, ya que queremos que nos mantengan por lo menos hasta los treinta), una extensión de lo más odiable de la adolescencia, una vuelta más de la espiral exasperante de las parejitas, un modo de pasar el aburrido rato entre tus amigos músicos o djs, una forma de alentar, sin esfuerzo alguno, el deseo sexual que anuncios de cervezas y perfumes nos arrebataron hace mucho.

Hay otra razón para usar drogas. Ni siempre contradice ni siempre complementa a las anteriores, pero ahí está, y es acaso la más patética, en un sentido antiguo del término, de todas. Hace algún tiempo, Mónica y yo tomábamos vino tinto y un poco de coca en mi casa. El vino se derramó y mojó aquel polvo. A ella se le ocurrió meterlo a secar al microondas y hacernos con esa seca plasta rosa un cigarro sazonado con mota. Lo fumamos y una nube bajó sobre nosotros; simplemente inclinamos la cabeza, dejamos de hablar, de pensar, de ver (¿cuántas neuronas nos abandonaron esa noche, sin decirnos nada?). Cuando regresamos a la conciencia, dos, diez, veinte o cincuenta minutos después, quién sabe, incapaces de hacer el amor o siquiera de besarnos, a la pregunta ¿para qué meternos drogas? me respondió con una frase sencillísima pero increíblemente lúcida que repetiré aquí, que servirá de final para esta serie sobre drogas y que, de alguna forma extraña y sabia, nos resume a ella, a mí y a muchísima gente que, como nosotros, mierda región 4, no tiene ya nada más que decir, que no tiene dónde ir ni razón para quedarse en ningún lado: ‘Pues para madrearnos.’ Exacto.

Intro

Juventud en éxtasis

Pura coca

Mucha mota

Mi vida en ácido


mo5

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Me inquieta esta mujer. Su nombre es Mónica. Ignoro su apellido pero se ve que bebe y que come ocasionalmente en el Flora (Michoacán y Nuevo León), donde yo como una vez a la semana. Eso es todo.



Hoy apareció en La Jornada una nota: Nuevos libros (antrobióticos) esenciales; el título implica un artículo previo. Es este, que se publicó el 12 de enero, 2oo5. A menos que Isabel diga lo contrario.
The whole beast: Nose to tail eating/Fergus Henderson. Tal vez el libro de cocina más arriesgado de los últimos años. Ajeno a la cursi corrección política, The whole beast va por todo: ojos de cerdo, orejas, cualquier cosa (‘Sería una insinceridad –escribe Henderson– con el animal no sacar provecho de la bestia entera’). Un volumen para refundir nuestros prejuicios de chilangos respingados; dice por ahí: ‘Es un gozo cocinar bazo de cerdo. Hermosamente simétrico, ni temblón ni inmanejable, es el órgano perfecto para reivindicar el nombre de las vísceras.’ Fergus Henderson es el chef de St Paul, en Londres, restaurante clásico para quienes viven en el carril de alta.

The man who ate everything/Jeffrey Steingarten. Si hemos de creerle a The Guardian, ‘Jeffrey Steingarten knows more about food than any man now eating’. Es decir: es el hombre vivo que más sabe de comida. Y no es tanto esa absoluta erudición lo que impacta la primera vez que uno se acerca a él (escribe mensualmente en la edición gringa de Vogue, y ha publicado otra compilación: It must have been something I ate): es más bien su capacidad para, en efecto, comerlo todo y su necedad enciclopédica para buscar hasta en el más corrompido rincón de este pobre planeta un ingrediente, un platillo, una nueva versión de un clásico… Si su prosa no fuera delicada, si su amor por los perros desapareciera, si su humor se amargara, el apetito total de Steingarten aún haría de éste un libro memorable.

A cook’s tour: In search of the perfect meal/Anthony Bourdain. Probablemente, Tony Bourdain no sea un gran cocinero: su restaurante, Les Halles, en Nueva York al parecer no pasa de suficiente; pero decididamente es un gran escritor: prosa rica en texturas, en humor, en mentadas de madre, en alcohol como sedante o estimulante, en drogas duras o soft-core, en una humildad esencial ante los grandes maestros como Juan Mari Arzak o el mencionado Fergus Henderson. Es un viaje por el mundo en busca de la cena perfecta, pero también un viaje interior para comprender que el mundo no es como en las películas. Se lee como novela (chida).

The Oxford companion to food/Alan Davidson. Con veinte años en gestación, éste es El Libro para aquel interesado en saber algo de comida. Y en este caso ‘algo’ no significa ‘un poco’ sino ‘cualquier cosa del cielo, el mar o la tierra’. Por si no fuera suficiente, ingleses como son, su editor y sus productores no se han tocado el corazón para ejercer el típico understatement británico –esa forma de decir algo atroz o simplemente extremo como si no pasara nada– como una manera del humor. Véase si no la entrada ‘bat’, en la cual se explica, entre muchas otras cosas, que como el de tantos animales exóticos, el sabor del murciélago se parece al del pollo. Lo mejor es el final: ‘Los restaurantes que sirven perro suelen también servir murciélago.’ ¡Ah, bueno!

Essentials of classic Italian cooking/Marcella Hazan. Cuando se nos han acabado las metáforas, recurrimos a símiles mediocres: Britney fue ‘la Madonna del 2000’, pero pronto habrá ‘la nueva Britney’, ‘el Scorsese de Japón’, ‘el Tarkovski mexicano’ (de hecho ya lo hay), y cualquier libro puede ser ‘La Biblia’ de su género. Pero es que Essentials of classic Italian cooking ¡de veras es la Biblia de la cocina italiana! Prosa encantadora, oral, literalmente todas las recetas dignas de permanecer en la memoria (la mejor sopa de lentejas posible está aquí), datos curiosos o necesarísimos, y en el fondo la voz de una señora que podría ser –y de alguna forma quisiéramos que fuera– nuestra abuela.

L’Amour gourmand/Serge Safran. El subtítulo de este volumen ya hace agua la boca: Libertinage gastronomique au XVIIIème siècle. Y es que, para nuestra desgracia, nacimos en un siglo infinitamente más triste que el dieciocho francés, cuando menos en lo que se refiere a la unión de la comida y el sexo, la bouche et le couche. Asaltados del sexo por la publicidad, por los medios ñoños, por la ciega creencia en la higiene; robados en despoblado de la ingestión calórica por revistas, mieditos futuros y miradas prejuiciosas antigordos, nos tenemos que conformar con un pálido, muy pálido reflejo de lo que pudimos ser: hombres libres, mujeres calientes, seres humanos en el decadente enajene de comer y coger. Este libro erudito, con bellos capítulos sobre el chocolate, las ostras, el champaña y varios pecados más, nos lo demuestra. Ni modo.

Mastering the art of French cooking/Julia Child. Cuando las señoras gringas hubieran jurado por su lata de sopa de champiñones Campbell’s, cuando el ‘permanente’ y el salón de belleza estaban mero de moda, en el auge de la primera revolución doméstica que sacó a la mujer de la cocina, Julia Child hizo lo impensable: devolverles el amor por las sartenes, las cocciones lentas, las patas de cordero. La cocina clásica francesa metida de repente cual dildo respondón en la entrepierna de Everytown, USA, y las señoras, babeando ante aquellas páginas magistrales, no sabían qué hacer. ¡Ja!

The French Laundry cookbook/Thomas Keller. Sí, sí, el catalán Ferran Adrià vino a cambiar la forma en que algunos comemos, revolucionó España, se inventó espumas, aires, humos, blablablá. Pero su antecedente/rival más perfecto, casi interminablemente menos mediático (vas a Cataluña y la sobredosis de Adrià no tiene tregua), es el gran Thomas Keller, que en la French Laundry de Yosemite, California, creó la cocina humorística, la del engaño visual y las comillas –si lees ‘ancas de rana’ seguramente serán hongos silvestres disfrazados, si lees ‘hongos’ acaso sean mollejas de ternera–, la cocina más atrevida que se está haciendo en Estados Unidos. (Además, en las mesas más bellamente decoradas de ese país.) Seguramente no podrás cocinar nada de lo que está en este libro (hasta su ‘bacon & eggs’ es un prodigio de maestría técnica), pero con las fotos y las recetas basta para el delirio.

La physiologie du goût/Brillat-Savarin. Y bueno, un clasiquillo para terminar, uno de ésos que tienes que tener aunque nunca los leas. El gran jefe Baudelaire se burlaba sin piedad del pobre Brillat en vista de su lamentable conocimiento vinícola pero la verdad es que su libro, con toda su elevada mamonería, su exigencia proverbial de puntualidad y su sensación de estar escrito para los evos futuros, hace una sabrosa lectura. Su mejor receta es la de la alucinante omelette du curé, y su mejor frase ésta: ‘El descubrimiento de un platillo sirve más a la humanidad que el descubrimiento de una estrella.’ Acaso tenía razón.


Oratio matutina

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Dios, te habla Alonso, toma nota de estos nombres:

Gabriel,
Adrián, que era mi amigo antes de conocernos,
Davidson,
Clara,
Rosi (dos veces),
Saít y Gerardo,
Su Alteza Carlos,
Lorena en el sexto piso,
Isabel y Alice Liddell,
Valdemar en Madrid,
Zuzana, literalmente más cabrona que un pit-bull,
Sandra,
Miguel,
Vicki,
Mario y Carlos,
Pancho,
Ángel,
la real Fanny,
il bello Antonio,
Montse (quién sabe qué tratabas de decirnos),
Adam,
Leo,
Pablo y su amabilidad como de otro siglo,
Arturo desde Michoacán
y
Chío, adelante de todos,

y asegúrate de que, aunque nos dispersemos como un rebaño de pensamientos o un puñado de piedras, en esta o en cualquier otra ciudad, haya espacio para otra noche u otro día, otro vaso y una última línea.


Eu nunca guardei rebanhos

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En la ciudad que crece como una horrible colonia de termitas, en la ciudad que nos rompe y a la que nosotros rompemos, la ciudad obra de un demiurgo infinitamente imperfecto, es casi imposible sentir el pálpito de la naturaleza: acaso un perro dormido bajo el lacerante sol de las dos de la tarde, poco más. Alberto Caeiro se abre al campo físico y parece celebrarlo (el verbo parecer no es demasiado arbitrario; incluso el poema en sí no es lo que parece); su poema tiende a la expansión. Pero no se engaña: cada una de estas cosas: los corderos esparcidos por la colina o la noche que entra como una mariposa por la ventana son hermosos porque nosotros les imponemos esa cualidad. Es el colmo del pesimismo: la puesta de sol sólo es triste en nuestra imaginación. As pedras não são poetas, são pedras...

[Raul da Silva y yo comenzamos esta traducción, como una bobagem, en 2001: él quería aprender español y yo portugués; le dejamos algunos huecos. Luego la olvidé o la perdí, y volví a hacerla en esta semana. Como siempre, el original está acá; aquí hay un pdf con O guardador de rebanhos, el volumen, entero.]


Yo nunca guardé rebaños
pero es como si los guardara.
Mi alma es como un pastor,
conoce el viento y el sol
y anda de la mano de las estaciones,
siguiendo, viendo.
Toda la paz de la Naturaleza sin gente
viene a sentarse a mi lado,
pero yo me quedo triste como una puesta de sol
en nuestra imaginación,
cuando se enfría el fondo de la planicie
y se siente que entra la noche
como una mariposa por la ventana.

Pero es sosiego mi tristeza
porque es natural y justa
y es lo que debe estar en el alma
cuando ya piensa que existe
y las manos cogen flores sin que ella se entere.

Como un ruido de cencerros
más allá de la curva del camino
mis pensamientos están contentos.
Sólo me apena saber que están contentos
porque, si no lo supiera,
en vez de estar contentos y tristes
estarían alegres y contentos.

Pensar incomoda como andar en la lluvia
cuando el viento crece y parece que llueve más.

No tengo ambiciones ni deseos:
ser poeta no es una ambición mía,
es mi manera de estar solo.

Y si deseo a veces,
por imaginar, ser corderito
(o ser el rebaño entero
para andar esparcido en la ladera
y ser muchas cosas felices al mismo tiempo)
es sólo porque siento lo que escribo en la puesta de sol
o cuando una nube pasa la mano sobre la luz
y afuera corre un silencio por la yerba.

Cuando me siento a escribir versos
o, paseando por caminos o veredas,
escribo versos en un papel que está en el pensamiento,
siento un cayado entre las manos
y veo un recorte de mí
en la cima de un otero,
vigilando mi rebaño y viendo mis ideas
o vigilando mis ideas y viendo mi rebaño,
sonriendo vagamente como quien no comprende
lo que se dice y quiere fingir que comprende.

Saludo a todos los que me leerán
quitándome el amplio sombrero
cuando me ven frente a mi puerta
y la diligencia alcanza la cima del otero.
Los saludo y les deseo sol,
y lluvia cuando la lluvia es necesaria,
y que sus casas tengan
al pie de una ventana abierta
una silla predilecta
en que se sienten y lean mis versos.
Y que al leer mis versos piensen
que soy cualquier cosa de la naturaleza
–un antiguo árbol, por ejemplo,
a cuya sombra de niños
se dejaban caer, cansados de brincar,
y limpiaban el sudor de la frente caliente
con la manga del delantal rayado.

Lisboa, 1911-1912


  • EL PROFILE (COMPLETO)
    BREVE MANIFIESTO ANTROBIÓTICO

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    DANZA CON LOBOS

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