Hacia el alba

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I
Más amanece y más oscuro se vuelve nuestro amor. La noche nos da su manto negro para que nosotros nos cubramos del frío y de la luz. Por la noche caminan los hombres que han sido lastimados y quieren desfigurarse, los hombres “que aman igualmente a otro hombre / que a una mujer / y la noche los envuelve para dar / el ansiado beso”, pero la mañana llega, inevitablemente. No podemos hacer nada: los teléfonos acechan, los padres preparan la carriola doble para los gemelitos, los amantes comprenden que sus anillos hieren la inocencia del mundo. Hay que irse ya. Un último beso tal vez.

II
Pocos asuntos más caros para la poesía que el advenimiento del alba odiosa. Ovidio, por ejemplo, en la elegía 13 de sus Amores, reclama con toda desfachatez: Aurora, bájale, ¿qué prisa tienes? Todos los amantes, hombres y mujeres, resienten tu llegada, ¿para qué apurarte, aguafiestas? A tu esposo, Titonio, ya le tocó su hora, y ya fue, no seas envidiosa; si fueras tú la del amante clamarías:

O lente, lente currite, noctis equi,

¡lento, muy lento corran, oh caballos de la noche! (La misma frase, a propósito, que gritará el doctor Faustus cuando se acerque la mañana en que Mefistófeles se lo lleva al último Infierno.) Pero Ovidio es un desmadroso y, como John Donne, un altanero. Éste le dice al busie old foole,
unruly Sunne,

Sawcy pedantique wretch, goe chide
Late schoole boyes:

Viejo, tonto, fresco, desgraciado, pedante y revoltoso es el sol: ¿por qué no mejor te vas a molestar colegiales impuntuales? ¿Crees que tus rayos son fuertes, soberbios?

I could eclipse and cloud them with a winke,

But that I would not lose her sight so long;

Yo podría eclipsarlos con un parpadeo, pero no tengo ganas de perder de vista a esta que amo durante tanto tiempo; vete a dar la vuelta al mundo, regresas mañana (pero tarde), y ai me cuentas si las Indias seguían donde las dejaste ayer, si los reyes reinaban aún... Copérnico acababa de demostrar que la tierra no era el centro del universo, sino el sol. A Donne no le importa:

Shine here with us, and thou art euery where;

This bed thy centre is, these walls, thy spheare.

Esta cama es tu centro: tu esfera es estos muros. Pero los amantes que viven en el filo del amor, siempre a punto de utilizar navaja, no recurren al desmadre o a la altanería sino a la queja, a la súplica: son incapaces del humor. Así, por ejemplo, el pobre de Gaucelm Faidit (1172-1203), en aquella
preciosa alba (aubade en francés, dawn song en inglés, Tagelied en alemán), Us cavaliers si jazia, donde un caballero, que escucha al sereno anunciar la llegada del día, le dice a “la criatura que más ama”,

Doussa res, que qu’om vos dia,
no cre que tals dolors sia
cum qui part amic d’amia,
qu’ieu per me mezeys o sai;
ai las, quan pauca nueyt fai!

No importa lo que te digan, dulce mía, nunca creas que existe mayor dolor que el que separa amigo de amiga: lo sé por experiencia, ay, ¡qué poquita noche queda! El tiempo es corto, corto como los pasos de un bebé o como los caminos en los mapas: he ahí el grito más hondo del amante: que nunca amanezca,

Reloj, no marques las horas

porque voy a enloquecer:
ella se irá para siempre
cuando amanezca otra vez,

los amantes no se resignan a que “se tiene que sufrir cuando se ama”, aunque lo hayan sabido por todos los siglos de los siglos, como en el delicado Tagelied de Dietmar von Eist (1139-1171):

Ich was vil sanfte entslâfen.
nu rüefestû kint wâfen.
liep âne léit mác niht sîn.
swaz du gebiutest, daz leiste ich, vriundin mîn...

Estaba bien dormido, y ahora me dices, “pequeño, levántate, no existe el amor sin la pena (liep âne léit mác niht sîn o, en alemán de hoy, Lieb’ ohne Leid kann es nicht geben)”, y yo hago lo que tú me ordenas, amiga mía. El alba gallego-portuguesa de Fernandes de Torneol reproduce la urgencia femenina:

Levad’, amigo que dormides as manhãas frias;

todalas aves do mundo d’amor dizian:
leda m’and’eu.

Levántate, amigo mío, aunque esté haciendo frío, porque todas las aves del mundo hablan de amor, y repiten mi pensamiento: estoy gozosa... Pero en esta alborada la súplica parece, más bien, no un la noche se acabó, adiós, sino un continuemos amándonos, robémonos otro ratito, no te duermas. (Esta cantiga es muy compleja, muy ambigua; no la he hallado en español pero vale la pena leerla toda. Está
aquí.) Las mujeres son más convincentes que los hombres, tal vez: no le hablan al sol, a la aurora, sino al amante, como en Break of day, otra dawn song de John Donne:

’Tis true, ’tis day; what though it be?

O wilt thou therefore rise from me?
Why should we rise? because ’tis light?
Did we lie down, because ’twas night?

Tienes razón: ya es de día, ¿y?, ¿ya quieres levantarte?, ¿por qué, porque hay luz?, ¿nos acostamos porque ya era de noche? Contra esos argumentos, la verdad, no se puede discutir. Tampoco contra el argumento que es la única estrofa de esta alba de Amy Lowell:


As I would free the white almond from the green husk
So I would strip your trappings off,
Beloved.
And fingering the smooth and polished kernel
I should see that in my hands glittered a gem beyond counting.

Cual libraría a la blanca almendra de su cáscara, así te quitaría tus atuendos, amado; y, rozando ese bruñido ápice suave, sabría que en mis manos brilla una joya incalculable: esa sola advertencia es suficiente para hacernos quedarnos, o desear quedarnos, al menos, porque permanecer es imposible: el mundo del día está en contra nuestra. Todo: el trajín de los hombres: The merchant bows unto the seaman’s star, / The ploughman from the sun his season takes, hombres que buscan en las estrellas (el alba es de
William d’Avenant); todo: la guerra misma, como en la aubade de Empson: Hours before dawn we were woken by the quake, un temblor, el de las bombas sobre Japón, que tiraba los libros de los estantes, rompía las botellas una tras otra, y luego una pausa y un nuevo temblor, más intenso: mejor vámonos:

It seemed the best thing to be up and go;

todo: las aves también, como en la más cabrona de las albas: ¿Ya te vas?, pregunta Juliet, si falta tanto para que amanezca,

It was the nightingale, and not the lark,
That pierced the fearful hollow of thine ear;

no era la alondra sino el ruiseñor lo que hirió tu temeroso oído, créeme. Fue la alondra, heraldo del día, dice Romeo, no el ruiseñor,

Look, love, what envious streaks
Do lace the severing clouds in yonder east!

mira esos rayos envidiosos, cómo atan las graves nubes del oriente... Si me quedara moriría. Y Juliet: Ésos no son rayos del día, yo lo sé, de veras:

It is some meteor that the sun exhales,

To be to thee this night a torch-bearer,
And light thee on thy way to Mantua:

el sol exhala ese meteoro: será el blandón que guíe tu huida... Está bien, me quedo, y muera yo esta noche. Aquel gris no es el ojo de la Aurora sino un pálido reflejo de la frente de Cintia, y aquella no es la alondra que golpea la bóveda del cielo. Me quedo, pues, bienvenida sea la muerte. ¿Qué te parece, mi amor? Platiquemos: todavía no es de día.

Juliet. It is, it is: hie hence, be gone, away!

It is the lark that sings so out of tune,

Pero sí es de día, ¡vete ya!, sí era la alondra, la desafinada alondra. Vete, amanece más y más... More light and light: more dark and dark our woes, dice Romeo, declarando la esencia de su tragedia: entre más amanece, más oscuro es el dolor.

III
Amanece ya, y en este mundo no hay espacio más para el amor. Trabajo todo el día –escribe Philip Larkin en la última
dawn song posible–, me medioemborracho de noche,

Waking at four to soundless dark, I stare.

In time the curtain-edges will grow light.
Till then I see what's really always there:
Unresting death, a whole day nearer now,

me despierto a las cuatro, me le quedo viendo a un punto, donde habrá luz, hasta que veo aquello que siempre estuvo ahí: la incesante muerte, un día completo más cerca de mí. No queda entonces el miedo de la separación (o sí, porque nuestra pareja es la vida), sino el horror de desaparecer, el de responder finalmente a la única pregunta que nos podemos hacer aquí y ahora: how and where and when I shall myself die?, el cómo, el cuándo, el dónde... Amanece ya, y el teléfono en la oficina se apresta a reiniciar su acoso, Cinco de Mayo oye cada vez más autos, el centro se abre como una mandíbula, en la ventana se ve el cielo tricolor de las seis de la mañana, y cuando apague esta
computadora, los carteros, igual que los doctores, irán otra vez de casa en casa. Todos estamos muertos.

Nota: He compilado todas estas albas, y algunas más, en esta paginita. De las clásicas, es decir: de las de los trovadores de Occitania, el alba de Gaucelm Faidit es (creo) la más chingona. De An introduction to Old Occitan tomé una lectura de William E. Paden.


Isabel para llevar


Con toda la razón del mundo, Isabel a veces se harta de mí y me manda al carajo. Otras veces me quiere. Bebe pesado (vodka, whiskey, vino, Tío Pepe), come de todo, se mete largas líneas de cocaína; abraza a Lula aunque la llene de pelo; me acaricia la cabeza; hace el amor con Rocío mientras yo duermo a su lado, inerte como una cosa; se le pone al tiro al díler y a los tiras, y los compra con una banana. Vivía en Nueva York y en Estrasburgo, nos lee en inglés a Wilde y en francés a Yourcenar y a Baudelaire. (Isabel también tiene otra vida, donde es funcionaria economista con dos hijos, un gato, casa pocamadre en Coyoacán y la inevitable camionetota.) La primera vez que se aproximó a mí traía esta lista –“pensando que te podía entretener” me dijo entonces– con apenas modificaciones:

- El foie gras de L’Olivier

- Los mejillones y las papas fritas del Bouchon
- El ceviche peruano, los ostiones, las costillas de cordero y las espinacas a la crema del Bros
- El coq au vin del Bistro Mosaico
- Los langostinos del Danubio (¡sin cubiertos!)
- Los tacos de lechuga del Hunan
- El shabu shabu del Samurai
- Los pimientos de piquillo del DO

- La fuente de mariscos del Pied de Cochon
- La pizza de Petit Cluny (o como se llame ahora y donde esté) y en honroso segundo lugar la de La Alcantarilla (¡ah pa nombre de restaurante!)
- El ragú de cordero de L'Osteria del Becco
- El pescado a la talla del Entremar
- Los camarones empapelados de Casa Bell
- Las hamburguesas de Cluny (surprisingly!)
- Los huauzontles de Águila y Sol (¡bravo!)
- La barbacoa del Izote
- La mojarra frita del mercado de Coyoacán
- Las tostadas de pata del mismo mercado
- Las quesadillas con tortillas negras y la sopa de hongos de las cabañas del Ajusco
- Las truchas empapeladas con mantequilla y epazote en la Marquesa
- Los tacos al pastor del Farolito
- Los tacos de carnitas en el mostrador del Venadito
- Las tortas de pavo del Rey del Pavo
- La carne tártara de la cantina Belmont
- Las enchiladas verdes de La Flor de Lis
- Las quesadillas de queso con chilorio del Cardenal
- La sopa de tortilla del San Ángel Inn
- La baguette del Petit Cluny

Yo no sé. Le agregaría, por ejemplo, los tacos de cochinada de Beto (en Vértiz casi eje 5), el mole de olla de Pujol, las burgers de La Cabaña en Satélite y definitivamente quitaría los tacos al pastor del Farolito para sustituirlos con los del Huequito. ¿Y tú?


Masturbarse/Elegir la muerte

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1. Entre la vida y la muerte siempre hay que elegir la muerte. De cualquier modo estamos condenados a ser fantasmas, esclavos, robots que repiten los días sin sentido; de cualquier modo la vida verdadera nos pasa de ladito o por arriba o por el culo, y nosotros ni enterados: alrededor nace el mundo, reverdece, se alza en una conflagración y nosotros nos quedamos dormidos o vamos pensando en otras cosas. A veces tenemos los güevos de escoger la muerte. Lo hacemos, por ejemplo, cuando optamos por venirnos afuera: desesperado, extático, sacas el pene, y sobre el cuerpo femenino o en su cara o en la almohada depositas el semen: ahí termina la generación de vida, en un acto simbólico como un machetazo le dices adiós al porvenir. También cuando nos masturbamos la elegimos.

2. Woody Allen dice por ahí (¿Annie Hall?) que masturbarse es coger con quien más amamos. El aforismo no sólo es un juguetito inútil del ingenio (una mamada, la verdad) sino que, básicamente, es falso. Tal vez no hay una secuencia erótica más inquietante en la historia del cine que aquella en que la bella Naomi Watts se masturba en Mulholland Drive (David Lynch, 2001): pero recordemos que por su mente cruza desaforadamente Laura Harring, su ex amante, y lo hace para lastimarla, para abandonarla otra vez. La mano se pone frenética, hiere la vagina, los dientes crujen, los ojos lloran. La imaginación, limitada por el amor y atraída por la muerte, es más terrible que la realidad. (Para no ir más lejos, Dante soñó y ejecutó el libro perfecto para poder ver en él a Beatrice, que alguna vez le negó el saludo. En los círculos concéntricos del Paraíso de ese sueño, que le pertenecía, Beatrice lo volvió a abandonar.) Paralelas e igualmente terribles son las palabras de Catulo que imagina, acaso mientras se masturba, a su amada Lesbia, aquella Lesbia que hoy, por las calles, ‘se la jala a los hijos del gran Remo’

(nunc in quadriviis et angiportis

glubit magnanimi Remi nepotes):

doble masturbación, dolor que va y viene como en un espejo. ¿De veras alguien puede creer que masturbarse es nomás coger con uno mismo? ¡Ja! Aunque el buen Paz sí habla de ‘los cuerpos de mi cuerpo’ en un recuento onanista de Pasado en claro, también esa gran chaqueta se convierte en un diálogo con

Encarnaciones instantáneas:

tarde lavada por la lluvia,
luz recién salida del agua,

la eyaculación en un

zumbar de abejas en mi sangre:

el blanco advenimiento.

Y al final:

me arrojó la descarga

a la orilla más sola,

esa en que nos sentimos entre los helados dedos de la muerte. En el cómic A small killing (Alan Moore y Oscar Zarate, 1991) la chaqueta es uno más de los pequeños asesinatos que comete su atribulado protagonista, en esta ocasión de un recuerdo tormentoso que antes quiso espantar con estas palabras: I’m scared. It’s dark, I’m out late, I want to go home. I want to sleep and wake up and everything be all right.

3. Yo me masturbaba furiosamente, y el recuerdo de C.M., su cuerpo como un pequeño río en una despedida interminable, se empezaba a colar al cerebro, a lastimarme el pecho. Todo me dolía y, sin embargo, no podía dejar de hacerlo, hasta que el blanco advenimiento me lanzaba a mí también a la orilla más sola de este mundo. Hay dos tipos de gente: unos piensan en tener hijos; quieren la supervivencia de la especie y llegar a ancianos (si se puede, con la misma pareja). Para ellos el erotismo es un trámite y la masturbación una pastilla para dormir. Se resignan. A otros nos vale madres morir jóvenes, consumimos drogas y alcohol, el cerebro se nos está haciendo un trozo de mierda balbuciente, y para nosotros tener un hijo sería un castigo y, sobre todo, una culerez. Entendemos que el erotismo y definitivamente la masturbación son también una forma de decirle a la puta vida: vete para siempre al diablo.


Darío entero


He aquí, finalmente, el poema completo de Rubén Darío. Difiere un poco del que dejó en este blog, durante el largo fin de semana, un Pseudopausanias. Esto se debe a que no está tomado de Darío total sino de la Nueva antología del modernismo (1970, FCE), a cuyo desentarramiento contribuyó enormemente Miguel Palma. En ese volumen Pacheco dice: “Con su urientalismo y su japonecedad, Los versos para Rocío son, sencillamente, un poema entrañable, el aliento final de un modernista”. Y ya.

Éste era un rey que tenía
una fusca con diamantes,
un corrido hecho en Coahuila
y un rebaño de gañanes;
una Hummer “made in China”,
una gran casa en Cancún,
y una gentil princesita,
tan salsita, Rochillito,
tan salsita como tú.

Una tarde la princesa
vio un martini aparecer;
la princesa era traviesa
y lo quiso ir a coger.

Lo quería para hacerse
preparar un reventón
con un whiskey y una chela,
un mojito y un jaibol.

Y se fue la niña bella
a aquel antro a escudriñar
y a tomar ese martini
que la hacía suspirar.

Y siguió la linda niña
hasta que encontró ese bar;
lo malo era que ella iba
sin permiso de papá.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
fuman mota, cortan coca,
chupan mucho. Son así.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los tanques del alcohol,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: “¿Qué te has hecho?,
te he buscado y no te hallé;
¿y qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?”

La princesa no mentía,
y pus dijo la verdad:
“Fui a cortar mi cocaína
y a inhalarla sin parar.”

Y el rey clama: “¿No te he dicho
que la coca hay que guardar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!
El Señor se va a enojar.”

Y ella dice: “No hagas bronca;
ya me fui. Ve tú a saber:
fue la mota, fue la coca,
fue el martini, no lo sé.”

Y el papá dice enojado:
“¡Ah qué ganas de joder!
Vuelve al bar ese de al lado
el martini a devolver.”

La princesa se entristece
por su chupe de agua azul,
cuando entonces aparece
sonrïendo el buen Jesús:

Y le dice: “Caipiriñas
y un martini le ofrecí;
son los tragos de las niñas
que al soñar piensan en mí.”

Sirve el rey chupes gigantes
y luego hace desfilar
cuatrocientos y un gañanes
desde el cerro hasta Amatlán.

La princesita está loca
pues ya sirve mucho alcohol,
fuma mota, corta coca,
chupa mucho y ya cogió.


Lula

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Te conocí hace cinco años. Llegaste
a la casa en un bolso azul, pequeña
y radiante como un juguete pero
también triste y asustada pues muchos
días llevabas viviendo en la calle,
entre desperdicio y autos monstruosos.
Intentamos dejarte en un albergue
pero nos lo impidieron un futuro
negrísimo, terrible (que murieras),
y tus ojos, que son cafés y miran
un lugar acaso más alto y más
hermoso. Carmen te puso tu nombre.
Yo no supe entonces que ibas a ser
una cifra y un símbolo de todos
los perros que yo he amado y me han amado
(de alguna forma viven en ti Ulises
y Lady y Bófer y Buki y también
aquellos que me dejaron, de niño,
pasar mi mano delgada y feliz
por su lomo y su cabeza). Ignoraba
que serías símbolo de las cosas
que yo soy, porque guardas las caricias
de mis amigos y mis hermanos,
que te quieren pues siempre estás dispuesta
al juego y a la risa; de los cuerpos
anónimos que me han acompañado
alguna vez; de Rose, que habla de ti
aunque no estés, y de todos los seres
que no nombro porque haberlos perdido
es doloroso. Ignoraba que nadie
podría decir Alonso sin decir
y sin pensar secretamente Lula,
porque tú estabas conmigo en las noches
afiebradas y enfermas en que yo
me encorvaba en la cama con los ojos
cerrados, y en aquella tarde horrible
en que hincado le pedí a Dios la Nada
o el Olvido porque la vida, rota
y desnuda, era insoportable.
(¿Te acuerdas? Te sentaste junto a mí,
lamiste mi pobre cara y mis brazos.)
Y estabas en las tardes y en las noches
de gozo, cuando yo juré que el mundo
era una catarata de agua fresca
y tú ladrabas y corrías por
nuestra casa (tuya y mía)... Ahora
estás dormida; supongo que sueñas
con domingos soleados y jardines.
Te voy a acariciar sin despertarte.
Hasta mañana.

Se busca endecasílabo. El poema anterior, escrito (creo) en 1999, contiene cincuentaitantos endecasílabos irregulares, un pentasílabo que no me molesta ("Hasta mañana") y un eneasílabo ("y desnuda, era insoportable"). Este último, la neta, aunque lo cambié mil veces, nunca me satisfizo. Ando buscando un endecasílabo –verso de once sílabas poéticas– para sustituirlo. ¿A ti qué se te ocurre?


Darío para Rocío

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Querida Rocío:

Cerca del alcoholismo (“antes bebía una copa de whisky cada hora –decía entonces–, ahora una cada cinco minutos”) y muy probablemente de la desesperación, Rubén Darío te escribió, hacia 1908, un cuarteto en versos octosílabos, sonoro y muy agudo. Lo echó por debajo de la puerta crónica y ayer, cuando regresé a la casa, estaba en el piso, en un papel amarillo hiperviejito. Ai te lo dejo:

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
fuman mota, cortan coca,
chupan mucho. Son así.


Otra vindicación de la soledad

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1. Dios los hace y ellos se juntan. O mucho mejor: el Azar nos hace y nos junta la güeva y el caminito que trazan nuestros amigos, coludidos –sin saberlo– con nuestros papás, con nuestras aficiones televisivas, con el repaso soñoliento de algunas revistas y, sobre todo, con la aspiración a un código postal. Parejitas cinemex: güeyes y viejas no particularmente defectuosos, previsibles entre veinticinco y treinta, acaso provenientes de la del Valle o de Echegaray, los identificas el nocturno viernes en el cine (siempre bajo el pretexto del “entretenimiento”: aunque, digamos, fueron a ver la Pasión y, peor, se asustaron con el naco espíritu snuff de la putiza); parejitas de la Condesa (es posible el cruce intercolonial condesarroma): él fotógrafo o cineasta en ciernes, ella probablemente directora de arte en videos de Zoé o Jumbo: el ídolo de ambos es Tim Burton; parejitas que en la oficina juegan a poner el cuerno y aquí no pasó nada; parejitas coyoacanas y parejitas de la Unam, tan similares; parejitas de la Anáhuac y de la Ibero en una fiesta bailando indistinguibles ‘Mi dulce niña’, güeritas en tank top, güeritos en camisetas de las chivas o del Barça... Todos cortados con las mismas cuatro melladas tijeras, repitiendo el circulito, la elipse contagiosa hasta la exasperación, casi la desaparición.

2. Amar es también robarle al otro lo que más tiene de bello. Nos enamoramos de su libertad o de su verbo ligador o de sus nalgas y, una vez correspondidos, temerosos siempre del abandono y del final: adiós a la libertad, no le hables así a nadie y ¿qué pantalones son ésos? Si viajabas, búscate un depa y un labrador o un pinche schnautzer, no vaya a ser; si bebías, chiquito, bájale, ¿no? El asunto, naturalmente, es erosionarnos hasta que no nos gustemos ya (esta parte no es consciente) porque así no le gustarás a nadie (ésta es hiperconsciente), hollarnos hasta el inevitable desastre en la sonrisa... y entonces sí, ya qué, por qué no nos casamos o nos vamos a vivir juntos. La sencilla y delicada imagen de Paz, el amor como dos libertades enlazadas, está más lejos de la realidad chilanga que el enamoramiento de mi novia Polly o que las tribulaciones de la Esposa virgen (lun-vier 21 hrs, canal de las estrellas). No hay libertad: hay cartabones; no hay voluntad: hay instinto de conservación.

3. Por todo eso, antes que ninguna otra cosa, desde aquí yo te deseo en adelante tardes y noches de soledad. Te deseo la última torre, la estudiosa torre de Quevedo y fray Luis; te deseo la vita solitaria de Leopardi –esta otra vida nos está haciendo mierda región 4–, y que como él te sientes sola donde no aletea un pájaro ni vuela mariposa (né batte penna augello in ramo, né farfalla ronza), y que te olvides del mundo y casi casi de ti misma (il mondo e quasi me stesso obblio); que coloques en el estante los amores pasados y le digas a todo eso un ai nos vemos: Shakespeare lo escribió: hung with the trophies of my lovers gone. Y que sean ciertos, por fin también para ti, estos versos:

En la luz de mi lámpara
Hiela Tácito los ojos de Tiberio
Falstaff muere
Jim Hawkins se hace hombre
Fuera sobre la grava del jardín oigo
Pasos
Es el amor que me abandona
Pero mi corazón está en paz


Nomenclatura alcohólica

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Cuando los ingleses se toparon con la combinación de soda y whisky la llamaron, simplemente, whisky-and-soda; cuando llegó a Estados Unidos, un pueblo cuyo dialecto alcohólico es mucho más avispado y divertido, le pusieron high-ball, bola alta, nadie sabe bien por qué (probablemente por la altura del vaso, probablemente porque ball es también un trago de whisky y fire ball un chupe de brandy, probablemente por el juego de cartas homónimo). Aunque su nombre se refiere a los personajes de Life in London (1821), el tom-and-jerry es una suerte de ponche o rompope con whisky, huevos, jarabe y leche para las navidades gringas (to tom-and-jerry, por cierto, era un verbo: chupar mucho y echar desmadre; no es casualidad que el inventor de este trago –llamado ¡Jerry Thomas!– se lo apañara en plan sustantivo en 1862); el tom-collins, gin, soda, limón y azúcar, combina old Tom, es decir: ginebra, con Collins: bebida con hielos en vaso alto.

Igual vienen de nombres propios la vieja margarita –tequila, limón, cointreau–, nacida hacia 1930; tristemente ignoramos (por ahora) si se trataba de una cantinera o de la señora que recibiría el chupe (una leyenda más o menos urbana habla de Marjorie King, una bailarina alérgica casi a todo, pero no al tequila, que visitaba Rosarito, BC, en 1938); el martini, que en los estándares de hoy es, más o menos, 25 partes de ginebra por una de vermouth más una aceituna, puede provenir de Martínez, California, o haber sido confeccionado por Martini di Arma di Taggia, bartender del Knickerbocker en Nueva York. ¿Cómo dice Frederic Henry del martini en Farewell to arms (1929)? “Nunca había probado algo tan fresco y limpio. Me hizo sentir civilizado.” Es probable que el gimlet reciba su nombre del doctor T.O. Gimlette, un oficial de la marina real inglesa entre 1879 y 1917 que usaba la bebida como un tónico para sus reclutas. Raymond Chandler y el detective Philip Marlowe lo volvieron famoso –en los ochenta hubo incluso una revista española alrededor de la cultura noire: cine, narrativa, etcétera, que adoptó el nombre de este coctel, cuya receta clásica está en The long good-bye, una novela espesísima del 53: A real Gimlet is half gin and half Rose’s lime juice, and nothing else. It beats Martinis hollow: se lleva de calle a los martinis... Rob Roy (dos onzas de whisky escocés y media de vermouth dulce) era el apodo de un pirata o freebooter de Escocia: Beto el Rojo; el negroni ha sido ligado (laxamente, la verdad) al conde italiano Camillo Negroni, que supuestamente lo inventó en los treinta. Hemingway, a quien siempre hay que recurrir cuando se trate de chupes, lo resumió así en Al otro lado del río: “They were drinking negronis, a combination of two sweet vermouths and seltzer water.” El gibson, gemelo malvado del martini (en vez de aceituna trae una cebollita de cambray), nació, al parecer, gracias a Charles Dana Gibson, el dibujante creador de la cachonda Gibson girl de principios del siglo pasado, con sus largos vestidos y sus medias en la playa. El Manhattan (whisky, vermouth y opcional bitters) y el Frisco (whisky, benedictine, limón) se disputan las costas de Estados Unidos; el Champs Elysées (coñac, chartreuse, bitters, jugo de limón) y el repulsivo París de noche (coñac y cocacola) se explican solos. Daiquirí (ron, limón, azúcar) se llama un pueblo cubano que los gringos invadieron en 1898, mientras que la Cuba Libre (ron, un poquito de gin, limón y coca) es muy anterior a la Revolución cincuentera: nació en agosto de 1900. ¿Su aparición más memorable? El Padrino II, donde el triste, tonto Fredo pregunta, sin darse cuenta de su raro vaticinio: “Anybody wants a Cuba Libre?” justo la noche en que Batista renunciará a la silla…

Un caipira, en Brasil, es un homem do mato, de convívio rústico e canhestro, es decir: un güey del campo, un silvestre; la caipirinha, su diminutivo, trae limón cortado y macerado, azúcar y cachaça. (Ojo: bajar el famoso bootleg The Caipirinha pause de REM, con un Michael Stipe en estupor alcohólico.) El nombre del mojito (mojo: salsa; también ‘remojo’) es interminablemente menos afortunado que su sabor, que mezcla azúcar, limón, ron, menta aplastada y agua con gas. Lo contrario sucede, en México, con un mote coctelero sensacional como medias de seda, pero cuyo resultado es empalagoso desde el papel (ginebra o tequila, crema blanca, leche evaporada, jarabe, canela en polvo y una cereza). Igualmente nos gusta adoptar nombres del mundo animal, como la cucaracha, que trae –ai nomás– brandy, tequila, vodka y kaluha, la lagartija –vodka, yerbabuena, jarabe, limón, agua mineral–, la inveterada paloma –refresco de toronja y tequila– y su siguiente escalón: el perro salado –lo mismo, pero con limón y sal–, el búfalo –tequila con refresco de tamarindo (Jarritos, exige el purista)– y el velocísimo colibrí: campari, anís y unas gotitas de bitters; del mineral, como la sólida piedra, que viene con tequila, anís y fernet; e incluso del sobrenatural, como el vampiro, mezcolanza de tequila, sangrita y refresco de toronja...

Y ya, párole de contar. “Con la música a tope –dice un poema español– preparaste / una mezcla explosiva en coctelera / mientras yo te quitaba, dulcemente, / la ropa de cintura parra arriba.” La verdad, en lo que perdemos el tiempo en esta página, tú y yo podríamos estar haciendo lo mismo.


Traducir/Ser otro


La traducción es la forma más solitaria de la colaboración. Hay dos hombres, digamos: uno de ellos francés, su vida está limitada por estas fechas: 1496 y 1544, escribe poesía de gracia difícil de hallar o de emular, encantadora poesía, es acogido por una corte, en Navarra, después perseguido por su ilustre protestantismo; en algún momento de su vida, una mujer cercana (o niña o jovencita, no lo sabemos) padece una enfermedad que la manda a la cama; él le traza un poema delicado, juguetón y enternecedor, que titula A une Damoyselle malade; va así:

Ma mignonne,
je vous donne
le bonjour;
le séjour
c’est prison.
Guerison
recouvrez,
puis ouvrez
votre porte
et qu’on sorte
vitement,
car Clément
le vous mande.
Va, friande
de ta bouche,
qui se couche
en danger
pour manger
confitures;
si tu dures
trop malade,
couleur fade
tu prendras,
et perdras
l’embonpoint.
Dieu te doint
santé bonne,
Ma mignonne.

(Traslado desaforadamente, sólo para dar una idea: Pequeñita, buenos días; guardar cama es cual prisión; recupérate, abre la puerta y sal de prisa: Clément te lo manda. Ve, glotoncilla recostada en peligro, a comer mermeladas; si duras mucho enferma, te pondrás pálida y perderás tu cuerpo de uva. Dios te alivie, pequeñita.) El nombre del poeta es Clément Marot. El otro hombre nació (creo) en los años cuarenta del siglo pasado en Ann Arbor, típico pueblo gringo, y ha estudiado las posibilidades de la inteligencia artificial, los mecanismos del pensamiento y el engañoso infinito contenido en un símbolo, una pintura o una pieza musical; publicó un volumen sobre el asunto, Gödel, Escher, Bach, que se ha vendido y traducido en todos lados. Es un científico, no un poeta, de nombre Douglas Hofstadter, que se enamoró de los idiomas gracias en buena medida a A une Damoyselle malade, que él gusta de llamar simplemente Ma mignonne. Un día su mujer, Carol, cae enferma de glioblastoma multiforme, que la consume de prisa. Hay una angustia, una desesperación, y él recurre a un viejo poema francés que lo fascinó en la juventud; lo traduce en la forma de un texto delicado, juguetón y enternecedor:

Carol dear,
here’s some cheer
from your beau.
Lying low
has been tough,
after rough
surgery,
but you’ll be
in the pink
in a wink––
guaranteed!
Doug does need
his best pal,
so come, gal
whose poor tongue,
always gung
ho for food,
hasn’t chewed
in a while;
eat in style!––
Have some See’s!
Keep disease
at arm’s length;
regain strength
and fight gloom.
Soon you’ll bloom,
have no fear,
Carol dear.

Carol murió algún tiempo después.
Ya se entrevé el propósito de esta nota. No soy un romántico del final del siglo XVIII, no creo que hay una Imaginación que produce poemas a través de los siglos como produce animales o árboles –y por ello es capaz, siquiera parcialmente, de repetirse–; tampoco creo en la transmigración de un alma a lo largo de muchas muertes. Hay dos hombres, sin embargo, a los que separan geografía y cronología (más ejemplos: Edward FitzGerald y Omar Khayyam, William Shakespeare y Manuel Mújica Láinez), ambos escriben en soledad, atribulados por la pinche vida, y ambos colaboran secretamente, en dos idiomas separados también por el tiempo y las montañas. La conclusión es de Borges: Para alguien –mejor: para Alguien– esos hombres son las dos caras de una moneda irrompible.
ps. La primera vez que apareció esta nota, en septiembre, Alguienqueconocen (¿pero quién?) dejó en los comentarios (sin pretensiones y porque me gusta, decía) una traducción del poema de Marot, que modifiqué levemente para que todos los vesos fueran tetrasílabos. Va:
Preciosita,
¿descansaste?
¿cómo estás?
Este cuarto
de hospital
se parece
a prisión.
Cuando te
sientas bien
nos iremos
a correr:
te lo jura,
pues te adora,
tu papá.
Tu boquita
reventada
sanará,
pero ya no
comas más
en la calle,
pues la panza
se inflará,
cabecita
dolerá
y esa linda
sonrisita
ya sin dientes
quedará.
Dale un beso
a papá,
preciosita.


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