¿sopear o no sopear?

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To dunke, or not to dunke, that is the Question:
Whether ’tis Nobler in the minde to suffer
The Slings and Arrowes of outragious Fortune,
Or to take Armes against a Sea of troubles,
And by opposing end them: to dye, to sleepe
No more; and by a sleepe, to say we end
The Heart-ake, and the thousand Naturall shockes
That Flesh is heyre too? ’Tis a consummation
Deuoutly to be wish’d. To dye to sleepe,
To sleepe, perchance to Dreame; I, there's the rub...




the bloody tyger

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Tyger, Tyger, right, burnin’ bright
In the forests of the bleedin’ night,
Wot immortal ’and or eye
Could frame fy fearful symmetry?

Oy!, in wot distant deeps or skies
Burnt the chuffin’ fire of fine mince pies?
On wot wings dare ’e aspire?
Wot the hand dare seize the fire?

And wot shoulder, & wot art,
Could twist the bloody sinews of fy ’eart?
And wen fy 'eart began ter beat,
Wot dread 'and, then, eh, squire? & wot dread feet?

Wot the hammer, isit? wot the chuffin’ chain?
In wot furnace were fy Michael Caine?
Wot the anvil, isit? wot dread grasp
Dare its deadly terrors clasp?

Wen the bleedin’ stars frew dahn their spears
And water’d ’eaven wiv their tears,
Did ’e smile ’is work ter see?
Did ’e ’oo made the bleedin’ Lamb make thee?

Tyger, Tyger, right, mate? burnin’ bright
In the chuffin’ forests of the night,
Wot immortal ’and or eye
Dare frame fy fearful symmetry?


las siamesas



construyendo lentejas

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[maris lee deténte, sombra de mi bien esquivo
de sor juana en la victoria]


I
A mi mamá no le gustó la sopa de lentejas hasta la adolescencia: de niña la forzaban a comerla. Con espíritu de díler, a nosotros nos las servía en platitos microscópicos: nos volvió adictos. “Tú, que te atreves a insultar la sopa de lentejas, la más dulce de las delicias”, escribió, creo, Aristófanes (en otro lado se quejó de un personaje: “ahora ya no le gustan las lentejas”...), que también las gozaba en puré (phaké) y en pan. Juvenal y el siempre divertido Marcial hablan de un estofado en que las lentejas se cuecen con todo y vainas; Plinio les halla propiedades curativas (Historia naturalis XVI, 201), aunque aclara con su delicado candor que “tienen el inconveniente de que perjudican la visión”; en el primer libro de las Geórgicas Virgilio celebra la variedad del Pelusium; Apiano de Alejandría (al igual que una tradición judía) dice que son buenas para los dolientes porque “el hombre se vuelve alegre y divertido”… Aunque parezca increíble, el potaje de lentejas ha tenido detractores: en 1513 el odioso sabelotodo
Gabriel Alonso de Herrera afirmó, desaforadamente, que las lentejas “engordan una sangre melancólica, producen malas digestiones y son espantosas para aquellos aquejados de epilepsia”, y el doctor Lobera de Ávila (1530) que, “comidas en mucha cantidad, producen lepra”. Absurdo (y más, que este güey era matasanos de la corte). Esaú vendió su primogenitura por un potaje de lentejas (Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió, y levantóse, y fuese. Así menospreció Esaú la primogenitura) y un hidalgo de esos de lanza en astillero y galgo corredor (his qui habent lanzam in astillerum, adargam antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut ánima quae llevatur a diábolo) comía, hacia el principio del siglo XVII, “duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos”. Según Néstor Luján, la expresión más alta de este guiso está en París: es el ‘potage Tour d’Argent’ del restaurante epónimo [clic: la carta]. Yo, modestamente, propongo este otro, hecho de retazos de libros viejos.

II
El potaje perfecto empieza desde abajo, como un edificio, con un battuto, que durante siglos consistió en manteca, perejil y cebolla picados finamente –algunos cocineros le agregaron ajo, apio y zanahoria; otros sustituyeron la manteca por aceite de oliva. Encima del battuto se erige el soffritto. Hay muchos que saltean todos los componentes del battuto al mismo tiempo, pero denota mucho más cuidado y elegancia colocar primero la cebolla en la sartén; cuando se vuelva translúcida se le agrega el ajo; cuando éste se coloree, se suma el resto del battuto. La gran Marcella Hazan, que es como una abuelita italiana, propone que la cebolla salteada crea una base sápida para el battuto (que ya es, en sí mismo, una base sápida). Si la receta pide pancetta, cual debe ser en el potaje perfecto, ésta y la cebolla se saltean juntas. Un soffritto güevón impedirá el desarrollo de los sabores de un platillo, no importa cuán bien ejecutado sea el resto de los pasos. Insaporire es la siguiente acción de este potaje: imbuir de sabor los vegetales. Llevarlos a fuego alto, saltearlos hasta que queden completamente cubiertos por las notas de los elementos del soffritto, en particular la cebolla. (No es difícil adjudicar el gusto aburrido, el tedio de un plato a la desidia de algunos cocineros, que se niegan a llevar estos pasos hasta sus últimas consecuencias.) Sobre estos cimientos se deposita en la cacerola (o sartén de paredes altas) una taza de jitomates en lata, troceados, con su jugo. Deben provenir del suelo de roca volcánica de San Marzano, cerca de Nápoles, a las faldas del Vesubio; tienen la forma de una pera alargada, y son indecentemente dulces [clic: excelente artículo de Saveur sobre estos jitomates]. Ajusta el fuego: los tomates han de burbujear suave pero incesantemente. Lava 200 gramos de lentejas en agua muy fría; escúrrelas; cuando los jitomates se hayan reducido durante 25 minutos, agrega las lentejas a la mezcla, con 4 tazas de caldo de carne (lo habrás preparado con una zanahoria, una cebolla mediana, medio pimiento rojo, una papa pequeña, un jitomate maduro que puede o no ser de San Marzano y dos kilos de carnes varias de res y ternera, de los cuales no más de 700g deben ser huesos; cubierto con agua; hervido durante al menos 3 horas, colado y desgrasado esmeradamente), una pizca ponedora de sal y varias vueltas del molino de pimienta. Cubre la cacerola: el potaje debe hervir gentilmente (a steady, gentle simmer, dice el jefe
Steingarten). Remueve ocasionalmente. En general, las lentejas se tardan unos 45 minutos en quedar tiernas (¡no al dente!), pero cada paquete difiere un poco: monitorea el proceso.

III
Antes de apagar el fuego diluye en el potaje, haciendo círculos, una cucharada de mantequilla sin sal y tres de queso parmesano. Lleva la cacerola tapada a la mesa, a la que estarán sentados tres invitados; destápala, que el humo les llene el olfato; deja que el pasado regrese minuciosamente (¿es otra vez 1980?); reconfórtate; recuerda, como yo, la mano de tu mamá acariciándote el cabello.


posdata


Cuando yo era niño (¿seis años, tal vez?), Jaime me enseñaba poesía. Me leía a Blake, tal vez en un inglés sazonado en Colombia, a William Carlos Williams, a Luis Antonio de Villena, a Kavafis... Hoy, en un mensaje, me dejó esta posdata para el post canino:

Una de las imágenes que me asaltan de Bogotá (el asalto, como sabes, es una costumbre muy colombiana que ya varios países se disputan con tenaz dedicación): al amanecer, de regreso de una juerga, caminaba por una de las avenidas que circundan los grandes cerros de la ciudad. Bogotá está a más de 2500 mts de altura, por lo que a esa hora resbala de las montañas una neblina densa. La luz mortecina de los faroles de entonces te permitía adivinar el camino. De pronto, salido de la niebla, veo un enorme perro negro. Camina con ese trote solemne y aristocrático que tienen los líderes. Ni existo para él. Detrás viene otro, y luego otro y otro y otro. Son más de veinte. Pasan de largo. Ni me olfatean ni ladran. Nada. Enfundados en esa cadena de niebla van amarrados al trote del perrazo negro.

En algún cielo budista aguarda una bendición a quienes aman a los animales (aseguran que hasta puedes reencarnar en un perro de familia). Los que no conocen esa lealtad e intimidad con nuestros compañeros de vida son devueltos a la tierra, dicen, como agitadores de Greenpeace. ¿Puedes imaginar un infierno más atroz?






apuntes para un perro

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I
Dogs are everywhere, dice Jarvis Cocker, y tiene razón. Los clásicos suelen pensar, primero, en Argos, el perro de Ulises, que nunca pudo disfrutar de él. Ulises viaja veinte años, y regresa a Ítaca disfrazado de mendigo. Argos ha esperado, es un perro ya viejísimo, casi no puede moverse, está tirado entre la mierda de las vacas y las mulas, lleno de pulgas. Nadie reconoce a Ulises pero Argos agacha las orejas y menea la cola, pues siente algo recóndito y antiguo que no puede saber. Ulises seca una lágrima y pregunta: ¿Además de hermoso, este perro tumbado en el estiércol fue rápido en la carrera, o era un faldero? Y Eumeo contesta: Este perro perteneció a Ulises, que ha muerto lejos de Ítaca, y te admirarías si fuera como antes, que nunca temió a ninguna bestia, y qué olfato tenía... Entonces concluye un traductor de Homero, helado: “Y a Argos lo arrebató la negra muerte al ver a Ulises después de veinte años.” Es el mejor momento de la Odisea. (Por cierto, Borges repite espesamente el momento en su “overwritten” El inmortal.)

Más rara y todavía más terrible es la historia de la metamorfosis de Acteón, que cuenta el jefe Ovidio, y cuya traducción final es de Ted Hughes. [Lástima, no está en internet;
acá hay una versión de 1632] Acteón sale de caza con sus perros; en un recodo ve a Diana y a sus ninfas, en una cascada, noisy but hidden. La belleza de Diana está desnuda; una ninfa la peina, otra sostiene su jabalina, otras la descalzan. Obviamente, lo descubren. La diosa le oculta los senos, busca un arma, no hay una a la mano, sólo agua, toma un poco y se lo lanza a los ojos. “Di ahora que me has visto desnuda.” Eso es todo... Pero en ese momento el cuello de Acteón se alarga, le crece una cornamenta, sus manos son pezuñas, su manto de cazador se le resbala por el cuerpo peludo, sale saltando de ahí, amazed at his own lightness, y grita ¿qué me pasa? pero de su hocico no sale una voz sino un balido, y su cara de ciervo se llena de lágrimas,

Human tears shone on his stag’s face
From the grief of a mind that was still human.

¿Qué hacer? ¿Esconderse en el bosque? ¿Huir a palacio? Entonces lo encuentran sus perros. El primero es Pelampus, y el reflexivo Icnobates, espartano y cretano, luego toda la jauría, como una tormenta que cruza el bosque, Dorceus y Pamphagus y Oribasus, arcadios de raza pura, Neprophonus, fuerte como un jabalí, y Theras, como un jabalí feroz, Nape, cuya madre era una loba, y la agudísima nariz de Agre, Narphya y sus cachorros, que, crecidos, aún la siguen siempre, y los demás, Asbolus, todo negro, and all-white Leuca, Lacon con hombros como un león, Aello, más rápido que los lobos, y otros, demasiados para nombrarlos,

Flowed across the landscape, over crags,
Over cliffs where no man could have followed,
Through places that seemed impossible.

Y Acteón, que tantas veces los había urgido a no soltar a su presa, ahora trataba de soltarse de esas fauces (“¡Soy Acteón, recuerden a su amo!” hubiera querido gritarles), que se llenaban de su carne, y su cabeza y su cornamenta se desvanecieron como el brazo de un hombre que se ahoga... Y sólo cuando el último bocado de la vida de Acteón le fue arrancado de los huesos, sólo entonces la ira de Diana, diosa de la flecha, halló paz.

Aunque puedan doler, por suerte no todos los poemas de perros son así. Ahí está, por ejemplo, el soneto XXXVII de Garcilaso (1543):

A la entrada de un valle, en un desierto,
do nadie atravesaba, ni se vía,
vi que con estrañeza un can hacía
estremos de dolor con desconcierto;
---agora suelta el llanto al cielo abierto,
ora va rastreando por la vía;
camina, vuelve, para, y todavía
quedaba desmayado como muerto.
---Y fue que se apartó de su presencia
su amo, y no le hallaba; y esto siente;
mirad hasta dó llega el mal de ausencia.
---Movióme a compasión ver su accidente;
díjele, lastimado: “Ten paciencia,
que yo alcanzo razón, y estoy ausente.”

Sentimos el dolor de los perros como si fuera nuestro, quisiéramos intercambiárselo. Admiramos en ellos algo que nosotros jamás alcanzaremos. Así son los perros de Jack London, así también los del gran Wordsworth en Incident characteristic of a favourite dog, que dice por ahí [perdón por la traducción; el original está
acá]:

Salta de pronto una liebre:
los perros aplicados la persiguen;
Y la liebre por instinto
sabe bien qué debe hacer.
No vira, la esperanza está muy cerca:
salta al río como una flecha.

Profundo era ese río, y cubierto
de la noche anterior por una escarcha;
confió la frágil liebre en aquel hielo:
logró cruzar sin accidente.
Cruzó y la siguen nuestros perros,
veloces siempre, sin recelo.
Y ¡mira! han roto el hielo tan endeble,
ya se hunde Dardo –el galgo.

Príncipe y Tragón hallan buen hado:
¡velos tenderse hasta su presa!
Música no se atreve a proseguir:
de golpe Música hace un alto.
Ni el deseo ni el corazón se atreven:
suyo es otro papel en este mundo.
Valiente y amable criatura:
quiere a su amigo salvar de la muerte.

De la orilla la pata extiende,
¡mano misma uno diría!
Lanza aullidos dolorosos
mientras Dardo el hielo quiebra;
nunca teme por su vida,
sólo a él cuida y procura.
Hace esfuerzos con un llanto;
se hunde su amigo. Y no aparece.

Podemos vernos reflejados en ellos, como en este soneto sin rima de
Vicente Gallego, Amor constante más allá de la prudencia:

Lo mismo que esos perros cuyo dueño
es también su verdugo, y lo veneran,
así te empeñas en amar la vida.
Con esa obstinación de algunos perros
que sufren los humores de un borracho
mientras lamen su mano, así la adoras.
Con la misma paciencia de esos perros
que aguardan en la tumba de sus amos
no se sabe qué cosa, demostrando
un tesón tan hermoso como estéril
Con esa obstinación, hermosa y fiel,
de algunos perros. Pero también a veces,
y quizás demasiadas –piensas hoy–
con su expresión tan triste y tan idiota.

El perro no sabe que su amo ha muerto. Tampoco, según Kipling en
Dinah in heaven, que él mismo está muerto:

She did not know that she was dead
But when the pang was o’er,
Sat down to wait her Master’s tread
Upon the golden floor...

Cuando pasa el dolor, se sienta a esperar los pasos de su amo... Otros perros no son infelices. Como el de Paul Éluard, tragón y tierno, en cuya pata toda chueca y en sus orejas caídas el poeta escribe “tu nombre” (libertad, era la época):

Sur mon chien gourmand et tendre
Sur ses oreilles dressées
Sur sa patte maladroite
J’écris ton nom

o en aquel Muchacha con perro, que sucede en una tarde en que el sol “deshace la conjura que a veces nos parece el destino”:

Hay palmeras
en el solar de enfrente, y hay también
una joven muchacha con un perro,
y yo miro esa escena intercambiable
con el deseo extraño, repentino y antiguo,
de forzarla en palabras, detenerla,
conservarla en cuadernos, estudiarla
y encontrar el remedio que la salve
de una muerte segura,

y ensaya la alegoría, la retórica, la superposición de técnicas difíciles pero la emoción de esa escena es más sencilla y más compleja:

es la emoción callada de los días,
la emoción de unos ojos que están vivos
y en esta tarde hermosa se detienen
sobre aquella muchacha que pasea a su perro
porque quizás el mundo se resuma
en aquella muchacha, y en el perro,
y en la dicha asombrosa y en el dolor inmenso
que esa escena sencilla es capaz de evocar
en los ojos atentos de este hombre cualquiera

o como el de
L. Ferlinghetti que le debo a Bianca, y que va, tranquilamente, por la calle, que ve la realidad y las cosas que ve son más grandes que él, ve teporochos, y lunas en los árboles, y cosas más pequeñas que él, arañas en el piso, y las cosas que huele este perro libre huelen como él, y pasa charcos, y billares, y bebés y puros y tiras, y reses en carnicerías (las reses sí se le antojan), y se detiene en una esquina, e inclina la cabeza, como si fueran a tomarle una foto

-------------------for Victor Records
-----------------------listening for
---------------------------His Master's Voice
--------and looking
------------like a living questionmark
--------------------into the
--------------------great gramophone
--------------------of puzzling existence
---------with its wondrous hollow horn
------------which always seems
---------------just about to spout forth
-------------------some Victorious answer
-----------------------to everything,

o acaso el perro no es el perro sino uno mismo, como en
el poema sin título que arranca así:

Tengo un perro invisible
llevo un cuadrúpedo por dentro
que saco al parque
como los otros a sus perros.
Los otros perros se dan cuenta
de mi perro
cuando, al doblarme, lo saco de mí mismo
para que juegue y corra,
sólo sus dueños no lo ven,
tal vez tampoco a mí me vean.
Me siento en una banca y veo cómo mi perro,
que a fuerza de paseos se ha ido dando,
se mezcla con sus semejantes...

Amor constante más allá de la prudencia está dedicado a Carlos Marzal, un poeta que en La historia ve a un perro como parte de “los delirios estériles de un borracho contumaz que está soñándonos” [para el poema completo hay que ir a palabravirtual.com, que no deja linkear]:

Junto a un apeadero de tren, ya fuera de servicio,
bajo el inmisericorde sol, un verano cualquiera,
un corro de muchachos apalean a un perro
y apuestan por saber cuál será el golpe
con que el juego concluya. Cuando desaparecen, aburridos,
el perro, que se traga su sangre, aún consigue arrastrarse
hasta la sombra, y allí queda tendido, sobre la vía muerta...

II
Como otros, yo también he amado y perdido a mis perros. Abría la puerta y Lady (he estado hablando de ti todo este tiempo) salía corriendo, velocísima. La atropellaron y sobrevivió; se sentaba chueco. Luego se la llevaron a una casa con un jardín enorme, de donde volvió a escaparse. La buscamos muchos días. Una vez la soñé; me pasaba entre las piernas igual que siempre; ladraba y, como siempre, yo le metía la mano en el hocico para que dejara de ladrar. La rascaba en el sueño y los dedos me volvían a quedar igual de sucios que toda la vida. En el sueño abrí la puerta y ella salió, rapidísima, y volvió a escapárseme. Cuando desperté, igual que ahorita, algo recóndito y antiguo que yo no podía saber me quería impedir moverme. No vale la pena amar a un perro.


muy noble y leal ciudad de méxico

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[para el museo de Brocken]


I
Como casi todas las demás, la ciudad de México es también ciudad de muertos. Tú la ves, normalísima, durante el día: el sol nos arruina la espalda o el cielo gris nos promete su tormenta, los bancos avanzan a su paso imposible, la oficina se llena de ruido y el teléfono es un gato rabioso que te salta al cuello y no está dispuesto a soltarte; llega la noche y los turistas se sorprenden: “en esta ciudad siempre hay algo que hacer”, pero no saben que la ciudad se vacía como un caño y en la madrugada, cuando ellos regresan a casa o al hotel, salen los nomuertos a robársela y a ocupar íntimas calles.

II
Puedes verlos, por ejemplo, en el fondo del Café Pagoda (5 de Mayo 10); esquivan tu mirada porque siempre tienen los ojos rojos y como perdidos en no se sabe dónde; gastan las horas con un café con leche, mientras piensan en un ponche rojizo que, dicen, llega de un hospital (otros aseguran: un rastro) en el Perú en unas bolsas de plástico, y que es sólo un remedo de la sustancia verdadera. A veces se meten bajo la mesa (a las cuatro de la mañana, te lo aseguro, casi nadie se fija en estas cosas) para huir de los focos de luz blanca, que te hacen más feo aún de lo que eres. Otras veces están en el tapanco del Popular (5 de Mayo 52), donde es más oscurito. Piden café con leche ahí también y el ocasional plato de carne asada, que sazonan con salsa verde y colocan en una tortilla: exactamente como lo harías tú, con la salvedad de que ellos están condenados a hacer esto por siempre jamás.

III
En ocasiones, duermen en esquinas que son ciudades fantasmas dentro de la ciudad porque tienen la esperanza de que los sorprenda el sol. (Hubo un caso de combustión espontánea en Iztapalapa, en la calle 10 de la colonia Ejército de Oriente, reportado si mal no recuerdo por La Prensa. Aquella mujer, que se alzó en llamas sin motivo, dicen, era en realidad una de aquellas esperanzadas; alguien la vio, horas antes, en el café AM: 20 de Noviembre 122 esquina Regina. Nadie, sin embargo, ha querido confirmarme esa versión.) En las escaleras de 5 de Mayo 35, por ejemplo, pasan la noche monstruos diversos, según el día de la semana. Yo, cubierto con cartón café, me quedé una vez ahí. Compartí varias cervezas y un líquido transparente (¿charanda?) con un tipo famélico que había llegado de Villahermosa hace quién sabe cuántas décadas; dormí de las cuatro a las seis, cuando el cielo de la ciudad es tricolor. Tiré y olvidé la cartera, con cero pesos, una tarjeta a tope y una credencial de elector: increíblemente, la noche siguiente me la habían dejado en mi casa. (Juro que esta anécdota es cierta.) Más recovecos donde puedes pasar la noche, solo o acompañado: el antiguo callejón de Salsipuedes, que tiene entrada pero no salida; la fresca esquina de Tenango y Tepic, en la Roma; la pequeña plaza de la Romita, que antes fue tarima para el carnaval indio, y hoy está tan sola que ni los dílers la pisan; la esquina de Jesús María y Regina, donde las ratas no interrumpen al durmiente…

IV
Cuando los nomuertos salen de día (los días incoloros se prestan para eso, no los odiados días brillantes de junio), cubiertos de cochambre para evitar la luz, los puedes encontrar en las pulquerías del viejo barrio de la Merced: La Risa, en el callejón de Mesones; El 60 Colorado, en Roldán casi esquina Manzanares; El Recreo de Manzanares, en Manzanares 30: se paran, tal como lo harías tú, por tacos de moros con cristianos o de guacamole y pico de gallo que ponen sobre “platos” de papel de estraza; beben pulque traído de Tlaxcala o curados en el local; prefieren los de color casi rojo, como el de jitomate o, los sábados, de camarón; cuando pueden hablar, lo hacen invariablemente de otras pulquerías, todas desaparecidas ya: El Templo del Amor, que estuvo en Guatemala y Leona Vicario; Las Maravillas, que era del conde de Jala; El Tío Juan, que menciona Guillermo Prieto; El Infiernito y El Paso de Lucifer, que eran pulquerías disfrazadas de cafeterías... Algunos nomuertos, renegados, se reúnen en grupos de autoayuda porque, según dicen, lo único que los diferencia de nosotros, los adictos a drogas legales o ilegales, a relaciones que te aproximan al infierno o a las compras compulsivas, es la sustancia de su adicción. (En Estados Unidos, hasta en esto políticamente correctos, no les gusta que les digan undead que, afirman, equivale simplemente a decir alive; prefieren blood-addicts e incluso blood-junkies.) Son grupos itinerantes que se anuncian en los clasificados de periódicos o revistas del DF; dicen cosas enigmáticas u obvias, como “¿Problemas de sangre?” o “¿No sabías? Todos estamos muertos”, y dan un teléfono. Yo vi uno el viernes, en El Universal, que traía el 5510-9178, pero cuando llamé había una grabación: temporalmente fuera de servicio. Voy a seguir intentándolo.




  • EL PROFILE (COMPLETO)
    BREVE MANIFIESTO ANTROBIÓTICO

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    DANZA CON LOBOS

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    ERECCIONES Y HUMEDADES LAS QUEJAS DEL JOVEN WERTHER PURA POESÍA TRADUCIR/SER OTRO DRUNK, THAT'S ALL GLOTONERÍAS ANYBODY FANCY A LINE? LA LISTA ANTROBIÓTICA

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