Examen del truene

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El truene es un proceso de sanidad, una limpia. Obvio, el primer tiempo es de mucha dulzura, pero poco a poco se revelan nuestras fallas: ni tú ni yo –eso decimos– somos “mejores que el otro” pero, esto es más cierto aún, casi siempre sabemos que el otro es mucho peor: tu belleza, que hace unos meses simplemente me rompía la madre, tu sonrisa hoy son una verdad cotidiana; esa forma de decir copear en vez de copiar o forcen en vez de fuercen ya no es encantadora: se ha vuelto un taladro que me disturba las neuronas... La infidelidad, la fidelidad, los reventones, las quedadas en casa: todo tiene el poder de convertirse en un ingrediente del pequeño infierno de las relaciones. Por supuesto, hay truenes diversos. No hay espacio aquí para mencionarlos todos pero ni modo:

1. Toda relación tiene un primer truene. (La mayoría, en total, tiene tres.) Un anciano muere hoy, en la blanca cama de un hospital, nietos e hijos contando los latidos, con resignación, tal vez con esperanza. Un niño o, peor aún, un perro cruza una calle, persigue un balón o a un gato y un microbús lo hace pedazos: cabeza, piernas o patas vueltas mierda de carne y sangre, vueltas muerte sin sentido, sin porqué. El primer truene, para el que lo recibe –para el que escucha “estoy confundido” o “quiero hacer otras cosas, ver a otras personas”–, es ese niño o ese perro. El dolor es increíble. Es una muerte prematura, inexplicable e insensata.

2. Otro es el truene definitivo –es decir: el tercero. Ya pasaron los dos primeros, ya volviste pero esta vez, de alguna forma, comprendes que no fue para bien. ¡Hay tanta vida por delante! Hay tantos cuerpos, y son tan diferentes de éste... El otro te quiere (a veces te ama) y tú también. Pero ¿a qué seguir bregando? ¿por qué decirle sí al sinsentido organizado como torre, a la triste nada de todos los días? Es el único truene detrás del cual se esconde un poco de esperanza.

3. Hay un truene particularmente cruel: el que simplemente no se dice. Salimos unas veces, la pasamos bien (eso creo), hubo besos, líquidos; en algún momento sostuvimos el techo, según yo, con una red que habíamos tejido de miradas y de caricias. Me abrazaste al final, y me dijiste que, tal vez, podrías llegar a quererme. (Yo dije lo mismo.) Dijiste otras cosas que he olvidado, acaso por fortuna. Y luego nada, pasaron los días, hablamos un poco y la última vez anunciaste de súbito que “tu jefa te llamaba a una junta”. Llamarías al rato. Isabel, antigua amiga mía, han pasado dos meses, ya no imagino tu número en la pantalla del celular pero acaso puedo preguntarte: ¿nunca terminó esa junta?

4. Pero el peor truene es este truene, este que vivimos todo el tiempo, el truene que no se dice pero tampoco se ejerce. Tú y ella hace mucho que son dos, cada quien ama o quisiera amar a otras personas, cada quien ha crecido y comprendido que los caminos son muy diversos. Pero ninguno de los dos dice nada. Lejos de la pelea sin sentido o de la decepción, se sobrellevan porque hace algún tiempo dijeron que lo harían. No hay nada ya; güeva, tal vez, sazonada con rutina. Llegar a esto tiene su recompensa. La cena está servida aunque no tenemos hambre; nada se hurta y nada se pide. No tenemos dónde ir ni razón para quedarnos.


manifiesto antrobiótico


Hacia el final del capítulo ‘The Elizabethan sonnet vogue and Spenser’, en el agradabilísimo The development of the sonnet de Michael Spiller, está un párrafo que, si los astros se alinean, bien puede ser una declaración (y, de paso, una solicitud) de principios de este blog. Ai va:

A los Amoretti de Spenser nos podemos aproximar como a una conversación en una cena refinada. En ambos hay hablantes y escuchas, y ninguna voz puede hablar demasiado tiempo. En ambos hay un rango permisible de tipos de discurso: uno no puede, por ejemplo, ser demasiado instruido o demasiado profesional, ni habría de ser demasiado burdo. Se aprecia mucho decir una cosa bien o ingeniosamente, aunque no sea original del hablante; se permiten confesiones íntimas, pero en no excesiva latitud. Se espera cierto grado de alusión cultural. También hay un rango de tácticas: se pueden contar anécdotas (con brevedad) o chistes; se puede filosofar, moralizar; se puede ser satírico o rememorar; se puede, incluso, ser apasionadamente serio respecto de un asunto caro al corazón de uno –pero no demasiado tiempo. Y constantemente, tanto en el soneto isabelino como en la charla de sobremesa, uno está desempeñándose para un público, entrando y saliendo de una serie de poses, y observando la propia ejecución mientras la realiza (acaso con el agregado de alguna acotación metaconversacional irónica). La meta no es decir la verdad sino ser encantador: sobre todas las cosas, se pide hablar bien.


Adiós a Blue Demon

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Hoy, dicen, me quitarán la mano de yeso. La voy a extrañar, supongo, tal extraño a los amantes que me han sido infieles. Masturbarse con la izquierda era difícil y un poco raro, como cuando nos masturba otra persona por primera vez. ¿Será cierto que Shaw escribió aquella imprecación You fraud! You humbug! You miserable little plaster hand! y que están en Yeats estos versos: My father upon the Abbey stage, before him a raging crowd: ‘This Land of Hands,’ and then as the applause died out, ‘Of plaster Hands’? No creo. A mí me hubiera gustado que Keats le escribiera a su mano enyesada algo así:

Adieu! adieu! thy plaintive plaster fades
Past the near doctor, over the nurse abeam,
Up the table; and now 'tis buried deep
By two aging nurse’s aides:
Was it a vision, or a waking dream?
Fled is that plaster: Do I wake or sleep?

Pero no lo hizo (cierto: le habría sobrado una sílaba). Neruda tampoco escribió:

Parece que los ojos se te hubieran volado
Y parece que un yeso te cerrara la boca…

porque seguramente habría sido menos cursi que los versos que sí escribió. (Estaba chavo entonces, qué le hacemos.) La mano de yeso tiene, en el dorso, un blue demon; en la muñeca, un sello del Continental. Me voy a despedir de ella con los versos de Manuel M. Flores:


¡Un yeso nada más!
Un solo yeso mi corazón invoca,
que la dicha de dos... ¡me mataría!

En fin. La mano de yeso: voy a extrañarla.


Justificación a priori

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Como todos los hombres, quiero juzgar a los demás por sus obras pero ser juzgado por mis proyectos. Un día voy a escribir un libro -bueno, un texto, para que no me sea imposible- sobre la colonia que viví (y perdí) cuando era niño. Va a empezar así:

Hace mucho quiero hacer un catálogo de recuerdos. No quiero intervenir: quiero caminar por la biblioteca de la memoria y leer los títulos, quiero ocasionalmente tender la mano, libros empolvados, libros que se llenan de letras si los abro, libros en blanco. Títulos que son fechas, fechas que se desdoblan como animalitos en clase de biología, como una herida en la garganta, una herida terminal, una herida a través de la cual ves el funcionamiento de tus órganos, del pulmón gris y del negro intestino. Cuando empiezo agarro el cerebro: un montón de fibras sin sentido. Lo paseo, lo llevo a largas noches donde no hay nada: le muestro las calles de hace siglos, la traza de la ciudad de México. Poco a poco me revela sus renglones con letra diminuta, letra de insectos que se toman de los dedos. Primera y única parada: la Roma.


Pausa: Maribel


Antier, ayer y hoy pasé sobre Bolívar entre Carranza y Uruguay. El gobierno, con su idiota política de remover (así dicen ellos) a los ambulantes del centro con una cantidad de policías como si esto fuera 1968 (a razón de uno por árbol), ha logrado desaparecer los tacos de Maribel.

Nuestro enamoramiento duró apenas unos meses: Chío y yo los comíamos, recargados en la entrada del Santander, y le prometimos hacer el Corrido de los tacos del centro, con ella como figura central; Gabo y el Negro le compusieron su tropicalia:

Maribel, Maribel,
¿qué pedo, Maribel?,
Maribel, Maribel,
dos tacos de bisté,
Maribel, Maribel,
con chile mascabel,
Maribel, Maribel,
ya no bailes con él,
Maribel, Maribel,
baila con Gabriel...,

versos entrañabilísimos (aunque a la sexagésima oída sí desesperan); ahí terminamos, un lunes tempranero, la peda más larga de la historia, sólo para descubrir que aún quedaba un papel en el bolsillito de los pantalones. Alguna vez le suplicamos que nunca fuera a lavar su comal: así de concentrada sabía cada loncha flaquísima de su bistec. Hacían las tortillas al momento, gordas gordas, y su salsa era una acumulación de habanero en un molcajete que alguien ocasionalmente aplastaba con el temolote y mojaba con tantita agua: alucinante. (El sábado, idiota de mí, tiré la salsa que quedaba en mi casa. pensé: “el lunes le compro una bolsa y la tengo de sorpresa para el próximo reven.”)

Hoy, unas cuadras adelantito del doloroso Santander, había una mesa de tacos de canasta que nunca había visto. Ni modo: como en el Aleph, pensé que ése era el primero de los cambios que sucederían, vertiginosamente, a la desaparición de Maribel, y que el universo empezaba cada vez a parecerse menos al que era cuando esos tacos existían.

Ojalá alguien estallara el GDF.


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La poesía de la cruda

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El cerebro estalla como un astro diminuto y antiquísimo: lanza una luz que se estrella en las paredes de la sala o del bar, irradia un calor inusitado y naranja, las partículas del cuerpo (agua básicamente, pero también polvo, mierda y músculo) inician su transferencia de energía, energía siempre en tránsito, en movimiento: trabajo; el cerebro disuelve su serotonina: somos felices, o algo dentro de nosotros nos dice que lo somos, lo cual acaso no entraña diferencia: todo sabe mejor, hablamos con más elegancia, cautivamos, somos más generosos (¡tómate otra!), más bellos, más altos; nada nos impide dar este paso, esta zancada, este salto. Pero el día siguiente despertamos: el cuerpo empapado en sudor, la almohada vuelta una pila de agua maldita. ¿Cómo dice Piedra de sol?:
--------------tu boca sabe a polvo,
tu boca sabe a tiempo emponzoñado,
tu cuerpo sabe a pozo sin salida;
y el sol, el sol infernal de las 11 de la mañana cae a la tierra declarándole su odio ciego, invengable, infantil e idiota; las ventanas depositan dos rectángulos paralelos de luz malvenida sobre tu cuerpo que, en su inmovilidad, oculta la tormenta interior que azota al barco del estómago, un barco que hace agua por todas partes y siempre está a punto de revolcarse... (¿Cuándo va a desaparecer el mundo para dejarte morir en paz?)
Sólo la poesía de la cruda es más dolorosa y por tanto más bella que la cruda misma. Gritos desde la negra oscuridad, un poemario peligroso como una bala perdida en un cuarto de acero, trae varios ejemplos, algunos escritos notablemente desde la cruda, otros como catálogo y reflexión. Entre los primeros está Domingo, que empieza en una ironía que se confunde con bonhomía de veras:

Mientras mamá y papá preparan carriola,
pañalera y biberones
el sol despunta como un astro insobornable
la gente acude en cerrados círculos a misa de doce
y el aire es transparente como el agua que bebían los abuelos,

para transformarse de plano en otra cosa:

más de dos se lamentan de su existencia
abominan de ser hombres
no recuerdan cuál fue el trago
que les embotó el cerebro
cierran los ojos y ven venir hacia sí
el poste decididamente enhiesto
abren la boca y un aliento a perro muerto

cubre sus fosas nasales:

pura ojetez de borracho con una última lasca de inteligencia: la de la cruda. Del segundo grupo es Lo que la cruda le permite o le impide hacer: registro minucioso de ardor intestinal, náusea ("lejana, aún muy lejana"), y una piltrafa "de huesos, hedor / y carne". Karmelo Iribarren es un orate donostiarra que ha publicado al menos tres poemarios (La condición urbana, Serie B, y Desde el fondo de la barra). Todos están llenos de poesía del día siguiente. Esta, por ejemplo, que se titula Al carajo:
Después de hacer balance,
tras considerar la situación
de arriba a abajo, en frío,
he decidido no volarme hoy
tampoco la tapa de los sesos.
Nunca se sabe con la vida,
me he dicho. Y además, qué
carajo: ya que me trata peor
que a un perro, que se tome
ella la molestia de matarme.
Pues sí, a la chingada; después de todo el propio Karmelo, en otra resaca de aquellas, había escrito:
Nada en este mundo es gratis.
Incluso lo que es gratis
no es gratis de verdad.
Alguien te lo descuenta
de algún lado.
Dando y dando, pues, con la perra rabiosa que es la vida. Las crudas de Luis Alberto de Cuenca son naturalistas, como aquella que intuimos en Remedia amoris, cuyo primer alejandrino no sólo es natural sino que trae bajo el brazo una verdad absoluta: "Fue una idea malísima la de volver a vernos." (Siempre lo es, ¿no es cierto, Cristina amiga mía?) A esto siguen intercambios de insultos, reproches de "viejas y sórdidas historias", un "sonoro portazo", y al final lo inevitable:

Bebí entonces. Bebí como los escritores
malditos de hace un siglo, como los marineros,
y borracho vagué por la casa desierta,
cansado de vivir, buscándote en la sombra
para echarte la culpa por haberte marchado.

La misma cruda (nótese que el poema está en un pretérito de veras inmediato) que todos hemos padecido, pero puesta en hemistiquios de siete. Otro de Luis Alberto, extraído de Por puentes y fronteras, se llama The day after, y no admite comentario (mío, al menos):

Sin ti, sin ti, sin ti, con tu partida
devorándome el alma, las botellas
tiradas por el suelo y el tabaco
convirtiendo la alcoba en un infierno,
solo y sin afeitar, solo en la cama
que fue anoche tu reino, con las manos
vacías de tu cuerpo y con los ojos
heridos por la luz de tu recuerdo.

Otras crudas no son físicas: estiran los términos como ésta de Lizalde:
Yo disfruté en la fiesta.
Perseguí estas mínimas
bestezuelas volátiles
que comen y hablan miel,
entré a saco en los restos
del esplendor antiguo,
me harté en los jardines de gorjeos
cultivados por Góngora y su gente,
anduve entre lagartos ebrios,
monté garzas copiadas de un poema famoso,
hice buches -dorados, eso sí-
con versos pretendidamente filosóficos,
noemas aterciopelados
por las íes y las úes...
y empiezo a hablar así,
póngome a hablar, en seco, de amor
a estas alturas:
peda poética que deja la única resaca posible: la de saber que estás donde empezaste. Yo no sé si el último poema de esta minilista está escrito desde la cruda o no pero lo parece, y es delicado, vivo como una ardilla. En él, Mark Strand hace una cosa que se parece a narrar una fiesta (From the long sad party es el título):
Alguien decía
algo de las sombras que cubrían el campo,
de cómo pasan las cosas, cómo uno duerme hacia la mañana
pero la mañana se va.
Acaso recordada la mañana siguiente, la fiesta va tornándose extraña:
Alguien decía
cómo el viento amaina pero regresa,
y las conchas son los ataúdes del viento...
Fue una noche larga, aclara el poeta, innecesariamente, "y empezamos a creer / que no terminaría". Pero entonces alguien dice que "la música se había acabado, y nadie se había dado cuenta", y es el final, el mismo final con que termina esta nota y terminan todas fiestas largas y tristes: "Alguien dijo algo de los planetas, de las estrellas": how small they were, how far away: qué pequeños eran, qué lejanos.


Operación Regreso a Clases 2005

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¿Todavía estás en la escuela? Supongo que ya te dejaste enchilar durante toda la primaria y la secundaria, muy probablemente la prepa. Ahora, como todos los demás que doblaron las manitas, estarás terminando la universidad o preparando la tesina o el examen o… Seguramente hoy ya sabes que todo eso sirve para un carajo, que es sólo el principio de la carrera de ratas que te espera a la vuelta de la esquina.
“Escuela, la solución de los adultos para todo” dice el sabio Bart Simpson. Y tiene razón. Se trata, además, de un sistema de castas. La bolita de riquillos, la de jodidos, ñoños, feos, gordos, nacos, guapos: toda pertenencia es, a la vez, un fascismo, un versus: el guapo se ríe del feo, el jodido se madrea al riquillo... El de segundo (¡siete años!) le pisa el cuello al de primero, y así para arriba, hasta que el de sexto se puede ensartar a todos los de abajo. Por supuesto, ese sistema se extiende a través de la educación primaria, media y media superior, con el cruel contubernio de padres y maestros. Y si la escuela es mixta, infinitamente peor. Toda niña mayor que tú (y tal vez de tu edad) puede denigrarte, darte la espalda, negarte el saludo, reírse de ti entre amigas; mientras que tú, para salvar tu reprobable dignidad, tienes derecho a hacerle lo mismo a esa pequeña de tercero que te mira suspirante: la escuela es una cadena de venganzas. Y de prejuicios, por supuesto. He aquí una lista de Verdades Absolutas aprendidas en mi lamentable primaria, la 21 de Marzo:

- Las güeras son más bonitas que las morenas
- Las mexicanas son mejores que las negras (en mi escuela se repetía con indignación una leyenda urbana oída de los padres: Elvis declaró alguna vez que prefería besar a cinco negras que a una mexicana. Lo cual, claro, es perfectamente aprobable, según qué negras y qué mexicanas)
- Comer sándwiches de mermelada es de pobres (¿qué, tus papás no tienen para el jamón?)
- Comer nerds y/o milky ways es de ricos (¿quieres? ¡compra!)
- Ir a Guanajuato es de pobres
- Ir a San Antonio es de ricos
- Apagar el calentador es de pobres

Y un etcétera infinito… No es difícil recordar ahora a Luis Alberto de Cuenca y el final de su poema Todos fuisteis pequeños:

En las sórdidas aulas
del colegio sembradas
de crueldad doméstica,
torpemente regidas
por mediocres psicópatas
expertos en maldades…
Todo el mundo vivió
aquel horror primero
que algunos inconscientes
se obstinan en seguir
llamando paraíso.

O tal vez fue pura mala suerte. Sin asma, cargados de novias, buenos para el futbol, buenos para el atari, aficionados a Star Wars y no a las películas viejas de Tarzán y de la Warner, debe haber niños que se la pasaron pocamadre. A mí no me sorprende ya haber abandonado la escuela al terminar la secundaria: el regreso a clases siempre fue un martirio.


Apuntes cochinitos


la mejor cochinita del mundo
La mejor cochinita del mundo, obviamente, no es ésta. Tendría que haber sido horneada en un pib u horno subterráneo pero eso es imposible de hacer en mi departamento –y en prácticamente cualquier habitación de la ciudad de México. También, muy probablemente, la carne debería de haber pertenecido a una lechona (cochinita pues) y no a un cerdo sin nombre; podría ayudar a darle perfección ser devorada cerca de las cuatro de la tarde, bajo un cielo sin nubes yucateco, acompañada de tortillas blancas blancas, más que ligeras: aéreas, cebolla morada picada finito y rajas flaquísimas de jalapeño (a propósito: en algunos puestos de Campeche le agregan guacamole y pepino, deliciosamente), y que ese cielo estuviera cubriéndome hace unos veinte años, las gotas de un sudor imparable (pero nadie quería pararlo, estábamos bien así, en una guayabera que yo no odiaba) corriendo por mi cara, antes de que el mundo se quitara la antifaz, cuando ser feliz no requería casi nada: unas ruinas, un grito repetido (Chaac, Chaac, Chaac...), un látigo, un disfraz de Indiana Jones... Ésta no es la cochinita perfecta o arquetípica: es una repetición terrenal, doméstica, pero cuidadosa y además valiente: empieza de cero absoluto.

1. Marina dos tazas de semillas de achiote en dos cucharadas de vinagre blanco en un bolecito al menos 2 hrs. Pásalas por el molcajete, con el vinagre, hasta que estén finitas.

2. Aplasta 6 dientes de ajo. Agrégalo, junto con 2 cucharaditas de sal, 1 de orégano seco, media de pimienta gorda (también llamada pimento, sin la i), 1 de semillas de cilantro molidas y media de comino molido, a la mezcla de achiote y muele hasta que esté suave. Pásalo a otro bol y agrega de a poquito agua (2 cucharadas máximo), hasta que la pasta tenga la textura del barro húmedo.

3. Haz incisiones con un cuchillo filoso (de cm y medio están bien) en un trozo de falda (o butt) de cerdo de 3 kilos, sin hueso. Agrega al recado rojo (la pasta que hiciste hace ratito; recado es dialecto yucateco para recaudo, que la siempre simpática Academia define: acep. 3: aderezo líquido y espeso usado para a sazonar carnes) suficiente jugo de naranja agria (máx: 3 cuartos de taza) para hacer una pasta suave. Restrega el puerco con el recado, colócalo en una charola para horno, cúbrelo con aluminio y refrigéralo toda la noche.

4. Calienta el horno a 165º. Rebana finamente 2 dientes de ajo, y mecha el cerdo con ellos. Envuélvelo firmemente: primero en tres grandes hojas de plátano, luego en papel de horno. Dóblalo para que selle, átalo con hilo de cocina y colócalo en un rack dentro de una charola para hornear grande y alta. Ponla en el horno (aguas eh), agrega a la charola 5 cm de agua hirviendo; luego, con aluminio hazle una carpa sueltita al cerdo para que se haga al vapor. Déjalo hasta que esté tierno, agregando agua si fuera necesario, entre 4 y 5 hrs. (¿Una salsa sapidísima? Va: 4.1 Envuelve 4 dientes de ajo en aluminio; rostízalos en el horno hasta que estén suaves: 40 min maomeno; tuesta 12 habaneros en una sartén de fierro a fuego alto unos 10 min. Pasa todo a un procesador o, si ya andas en un delirio cocinero, a un molcajete –otra vez: aguas; si te tocas los ojos no te la vas a acabar–, agrega 1 cuarto de taza de jugo de limón o lima yucateca, cucharadita y media de sal y machaca hasta el punto que tú quieras.)

5. Desenvuelve el puerco, que va a alcanzar como para diez o doce personas, haz que todos se reúnan alrededor a aspirar el primer jalón de vapor, que es el más chido, sirve vino blanco (algo que combine ligeras notas de dulzura y apuntillos minerales, un buen Riesling de Alemania o Austria, difíciles de conseguir, o de Alsacia, que se deja encontrar más rápido) y ve pensando cómo les vas a cobrar a estos invitados que te hayas desmenuzado brazos, manos y cartera para volver a un recuerdo que no sabes ya si es tuyo o lo leíste o alguien te lo contó en alguna parte.


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Tacos fronterizos

Pausa: Maribel


Freud para principiantes

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Ayer, en mi cumpleaños, comí callos en la Covadonga (Puebla 121, colonia Roma): densos, compactos, rojos, deliciosos. En la madrugada soñé que llegaba a mi departamento -pero no estaba en un edificio del centro de la ciudad de México, sino en el motel donde Robert de Niro encuentra a la infiel Ashley Judd en Fuego contra fuego- y estaba lleno de basura miscelánea húmeda. "Son todas las cosas que nunca has tirado", me decía Javier, el portero. Había una guitarra envuelta en periódico, un suéter beige que usaba cuando según yo era "actor", lámparas inservibles, un paquetito de fotos que no quise abrir, una vaca de peluche. Pensaba, primero, que hacía siglos me había deshecho de todo aquello. Después repetía un verso de Hoy he tenido un sueño con amigos: "Desperté en lo mejor de mi discurso". Muchas cosas estaban enmohecidas o rotas. La más extraña de todas era un pequeño pene que en vez de pelos tenía cables y daba toques. Entonces recordaba otro verso (Shakespeare, Sonnets, XXXI, 9): Hung with the trophies of my lovers gone: colgado con los trofeos de mis amantes idos... Desperté empapado en sudor a vomitar varias veces. Los espasmos me doblaban. Maldije cada callo de la tarde, cada copa de vino, cada cumpleaños gastado inútilmente. Cuando me volví a dormir, no me sorprendió soñar que llegaba a mi departamento, que estaba un motel gringo...


Guisado: adictos anónimos


Beatriz, te amo

Pregúntenme de la sensación matutina del mole verde, de cómo cubre la garganta y el corazón con su alivio, con su redondez que recuerda de lejos las pepitas de la calabaza; pregúntenme del chicharrón en salsa roja o verde, de preferencia con un unto ligero de frijoles refritos, de cómo su picante te libera de toxinas, de cómo sudas las espesuras de la noche anterior; pregúntenme de la moronga, de cuántas horas debe escurrir el intestino que se convertirá en la envoltura de ese embutido negro hecho de sangre y arroz y especias sabrosísimas. Pregúntenme. Mi nombre es Alonso, y soy adicto a los tacos.

Como de tantas cosas, de ésta también mi madre tuvo la culpa. No sólo me dio a probar, bebé de cuna, jamón de cerdo ibérico (¡’amón’amoooón!, me oían gritar en las madrugadas); no sólo me sirvió una copa de tinto cuando circundaba mi primer lustro –dicen que me puse platicador y conté entero El doctor Jekyll–, y me inició con ello en un hábito cotidiano al que nomás no le veo fin. No sólo eso: también me llevó a los tacos de guisado del Aloa (Amores esquina Santa Cruz, en la del Valle). Se trata de un localito de mobiliario naranja cincuentero, que atienden desde siempre dos señores con pinta de ser o pareja o hermanos, uno sólo un poco menos adusto que el otro. En los últimos años (estoy hablando de década y media) han agregado a una perrita gordísima y a una señora que, al parecer, sólo sirve aguas. Su pipián me enganchó desde el principio. Es delicado, intensamente aromático y revela un punto más de acelgas de lo que es común. Durante mucho tiempo no quise probar otra cosa; después me acerqué a su feliz taco de pierna horneada y al de cochinita pibil. Ambos son sensacionales. (La mejor cochinita de la ciudad, sin embargo, no está en Aloa. Ese mérito le toca a un carrito que se pone en la plaza Pugibet, sobre la calle Ayuntamiento y a unos pasos del mercado de San Juan, en el Centro. Ya sabemos que las cochinitas chilangas son condenables por muchos defectos: está la que extremó el uso de la naranja agria, está la que usó naranja dulce y apenas un poco de mal vinagre para compensar, está la hecha en olla exprés, la que no usó hojas de plátano... A la de Mi Taco Yucateco prácticamente no se le puede encontrar tacha: hiperprofunda, horneada densamente –aunque su autor se queja de que no puede cavar un buen horno subterráneo en la ciudad, a razón de que su suelo no es caliente como el del Yucatán–, con todos sus elementos en un concierto que atraviesa muchos siglos de cincuenta y dos años y llega hasta nosotros como un recado secreto de los mayas.)

El adicto busca su jalón en cualquier parte. En la Condesa, por ejemplo, que es sorprendentemente rica en tacos de guisados, souvenir de tiempos previos a la moda y las rentas impagables. Ahí está la carnicería Atlixco, en la esquina que hacen esa calle y Juan Escutia. Cada día cambian de especialidad, la más recordable de las cuales tiene que ser el cerdo en morita de los martes. (De lunes a jueves hay, además, otro taco perfecto: cantidades ingentes de tocino sazonadas con bistec.) Ahí está también El Güero (Ámsterdam casi esquina con Michoacán, reconocible porque su toldo dice solamente HOLA), con muchos guisados vegetarianos –ojo a los nopales y a los huauzontles– y la increíble densidad del chorizo verde, que sirven con guacamole, frijoles líquidos y queso fresco; y Richard, una camioneta que se estaciona en la esquina de Tamaulipas y Alfonso Reyes. Hay que ir en lunes o miércoles, cuando lleva un bistec espesísimo en salsa roja. (Cuidado con la salsa verde: la memoria de su ardor dura varios días.)

En la Roma no hay vuelta de hoja:
El Jarocho es imperdible. Lo abrieron en 1947, una pulguita de local; hoy es un pequeño emporio taquero. Cada día tienen a la mano treinta guisados –no son baratos, pero de ocho a once de la mañana, cuando la combinación de cruda y hambre es más severa, despachan al dos por uno–; los más memorables: el de médula levantamuertos, el de machaca con huevo y el de manita de cerdo. En Coyoacán el Everest taquero está en la esquina de Melchor Ocampo y Francisco Sosa, en una tiendita insignificante de nombre San José, cuyo chef propietario (un toluqueño de la Perra Brava) prepara una moronga alucinada y el mejor chicharrón en salsa verde, puro gordo imbuido de sabor, del que yo tenga memoria. (También hay tortas frías de un queso de puerco de veras, con cartílagos de oreja o trompa que resisten deliciosamente a la mordida.) Y en el Centro, finalmente, está Beatriz (Uruguay casi con Bolívar). Fundado en 1907, es chiquito, verde, sucio, abandonado del progreso y exquisito. Tortillas recién hechas, mole verde penetrante, rellena profunda, carnitas rosas rosas... Comer ahí es un poco comer fuera del tiempo; es, de alguna forma, salvar a un México de la muerte y el olvido. (A propósito, no confundir con esta Beatriz.)
Colesterol a tope, cachete ponedor, panza circular: qué importan los altos costos de mi adicción. Tacos, se lo suplico, justifíquenme, acudan a mis labios en el postrer momento.


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Pausa: Maribel


Tacos fronterizos




1. Tijuana es chelas, ligues regalados (pero de veras regalados: puedes gritarle desde el segundo piso de un antro a una gringa que camina en la banqueta “qué onda, güera, wanna come up!?” e, increíblemente, sí sube a buscarte), ensaladas César, inventadas aquí, drogas por todos lados, putas y putos a morir, burros disfrazados de cebras,

TJ cowboys hang around
Sleeping in the sidewalk
With a Burger King crown
Chingling rancheros on cheap guitars
Abuelitas with plastic bags,


según canta Beck, es
Bostich y Panóptica y Fussible, y más color local: una troca pasa volando en sentido contrario por la Padre Kino, armas afuera de las ventanas (Los Tucanes en el estéreo), y el taxista te pregunta “¿los alcanzamos?”… Tijuana es eso pero, también, es tacos de carne asada al carbón, hirientes, picosísimos bajo el calor imposible, en la cruda igualmente imposible de la Revolución, salvados del desguance por una Tecate o una Pacífico.

2. Para alcanzar los tacos más altos de carne asada, sin embargo, hay que agarrar, desde la frontera, el carril que dice Río Tijuana Río Zone Rosarito Ensenada, que al sur se convierte en la autopista 1 (scenic road); al llegar a Rosarito, salte a la derecha, recorre el pueblo, deténte en el hotel Rosarito Beach y pregunta por tacos El Yaqui. Van más o menos así: marinan la carne (arrachera) en una mezcla de jugo de naranja, pimienta cayena, pimienta negra, aceite vegetal y dientes de ajo; la asan a la leña, que la tatema inquietantemente por fuera, y la deja jugosa por dentro; la mantienen caliente unos minutos en una olla, para extraerle un poco de jugos; la cortan en trozos, que se sirven en una tortilla de harina de trigo polvosita pero no gigante (queda como de 13 cm), chiclosa, sápida, apenas dorada al comal, inflada en algunas zonas; van sobre un par de cucharadas de un guacamole al que además de cilantro y cebolla se le ha agregado un poco de agua; llevan encima una cucharada de salsa ranchera, que no pica (es sal, cebolla, jitomates y cilantro), y otra de salsa roja, que es chiles de árbol tostados, un poco de jitomate, agua y sal; un chorrito de jugo que la carne ha despedido en la olla aquella, y el jugo de medio limón. (Leo en un
volumen jocoso de Vintage Books: “Yaqui es el apodo de Felipe Núñez, que vino a Tijuana desde el estado de Zacatecas de adolescente, con la triple meta de cruzar la frontera, hacerse de mucho dinero y regresar a casarse a Zacatecas. No alcanzó ninguna y acabó de cocinero en Rosarito.”)

3. Más al sur, por la misma carretera, están los tacos de Ensenada, a los que vuelvo obsesivamente, en sueños incluso, como quien vuelve al recuerdo de un hijo perdido. Olvídate, por favor, de los tacos de pescado en Rubio’s, de San Diego, aunque se llamen Baja-style fish tacos y alguien te diga que Ralph Rubio fue el inventor de la receta. (Lo cual equivale a decir que a Ronald McDonald se le ocurrieron las hamburguesas.) Tampoco creas que nacieron en San Felipe, un pueblo para gringos pedos. Es menos improbable la historia de la tía Magui, que tiene (o tuvo) un puesto de tacos en el mercado de la Marina y dice que un japonés le dio la receta de su pasta para rebozar en el 76. (Aunque si le preguntas otro día te dirá que la pasta ya existía, y otro, que la pasta era de pan molido…) Lo cierto es que los japoneses llegaron a Ensenada hacia 1920, y que el pescado sí recuerda al tempura… La epístola del taco perfecto al estilo de Ensenada dice que el batido se hará con harina, orégano seco, ajo en polvo, cayena, sal y pimienta, leche e, importantísimo, cerveza fría; que un filetito de pescado (marlin, tiburón) se sumergirá en ese batido, se pasará a una cazuela con aceite hirviendo (se parece, por cierto, a un wok), se sacará, se dejará escurrir unos segundos, se colocará en una tortilla de maíz, donde habrá de salpicarse de col, mojarse con una línea de salsa roja (o verde, pero entiendo que es menos ortodoxa), otra de “salsa blanca”, en sabor una suerte de mayonesa mezclada con yogurt, y, obvio, el jugo de medio limón.
4. Hay otros tacos en Rosarito (como los de liebre asada en el restaurante La Querencia) y en Ensenada (como los de marlin en escabeche), pero no es demasiado errado decir que sólo éstos se pueden comparar de veras con el paisaje de Baja California, la vista echada hacia el mar: un paisaje filoso, quebradizo y reconfortante.


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Apuntes para carnitas


1. Hoy íbamos a hablar de Los Soprano; de asesinatos, madrizas, pastas, quesos, carnes frías (manigot, gabagool, sfogliadell, moozadell...); de tedio y spleen; iba a citar a Baudelaire, a Gautier, a Villaurrutia; iba a terminar con un plagio (tedioso) de Borges, algo así: "Con los nudillos desplazados y rotos, sin drogas ilegales (tengo analgésicos suficientes para dormir a Elvis), incapaz de masturbarme o de pensar, con Los Soprano en un loop interminable en la pantalla, dejo que me olviden las tardes recostado en la oscuridad". Pero hoy, martes 16 de agosto, sucedió algo violento que me devolvió a la vida de los vivos, algo violento como un atentado o un orgasmo de esos a seis manos y tres bocas: conocí las carnitas de El Venadito.

2. No he podido –ni querido, lo confieso– usar más de tres horas en busca de referencias carniteñas (se aceptan sugerencias memoriosas), pero se nota, así por encimita, que su literatura es algo pobre. (En cine creo recordar una secuencia en la que Charly Valentino y Chatanooga comparten un kilo de carnitas ante una cámara como embadurnada de cochambre, pero ¿vale la pena pasarlos por el Oracle de la Universidad de Virginia para averiguar que estuvieron juntos en La lotería, de 1993, con el Chóforo y la Pelangocha? Supongo que no.) Oxford no menciona el platillo ni en su Companion to Food ni en su English Dictionary, aunque en éste sí hay nachos, ceviche, mole. También la primera edición de la Enciclopedia de México, la que tengo a la mano, se olvidó de él. Al día como siempre, la madre Academia no incluyó las carnitas hasta su reciente edición, y eso paupérrimamente: "Carne frita que se come en tacos"; aparecen en el Diccionario gastronómico de Clío, pero se les hubiera agradecido más curiosidad histórica; vaya, hasta el ejemplo del generalmente divertido Diccionario del español usual de México, del Colmex, está de güeva: "Nos comimos unos tacos de carnitas con guacamole": ¿eso es lo único que se les ocurrió?

Payno las obvia en sus Costumbres; Guillermo Prieto sí las enlista en Memorias de mis tiempos, aunque al parecer sólo de pasada: "La vil prosa de la alimentación diaria era el chocolate de oreja y el atole (...) los quelites, verdolagas y huauzontles, nopales, las tortas de papa, de coliflor, pantallas y las carnitas de cerdo". Más decente es el Diccionario de mejicanismos de Francisco Santamaría, que apunta: “Carnes fritas y adobadas en tacos y bocadillos, que se venden comúnmente en las fritangas callejeras y que constituyen una verdadera amenaza de la salud, aunque son riquísimas” y cita un ejemplo de Gabriela Mistral (Desorienta de tal modo el paladar con los trucos culinarios, que cualquier carnita parece venado y la perdiz faisán) y otro de un Turrent:

Junto con los chicharrones
¡apetitosas carnitas!

Me aseguran que Novo les pone el origen en Coyoacán (o Coyohuacan, mejor), Rick Bayless dice: Perhaps the world's best pork dish is carnitas, y una vieja Guía México desconocido (número 44, septiembre del 98) se extasía en los sonoros nombres de las partes: "La tradicional maciza y la suculenta nana o útero de las puercas, la trompa y la oreja, la pajarilla o páncreas y el corazón, el rabo y el ortodoxo buche o estómago, el cachete y el bofe o pulmón, el hígado y los cueritos..." Extenué los índices de varios recetarios novohispanos y dos del siglo antepasado: nada. La receta más simpática que encontré fue ésta, que venía en el setentero La última copa de champaña, de un Luis Marcet que podía aún ser gracioso. Va así: necesitas un gran caldero de cobre, bajo el cual arda buena leña. Lo colocarás entre los verdes habitantes del jardín. Agrega 15 litros de unto cerdil. Una vez disuelto, súmale 15 kilos de carne de puerco (costillar, falda, pierna, entrañas). Mueve al marrano con una pala de madera, "que más parece un remo", para que no se pegue al fondo del caldero. Sazona con una taza de sal de ajo, y algo de eneldo bien picado; ata al caldero un manojo grande de yerbas de olor; agrega dos litros de leche, que darán suavidad; corta en trozos seis naranjas, agrégalas a la grasa hirviente. (Para que veas que Marcet de repente sí la hacía: "El remo continúa meneando el gocho, cuyas costillas descarnadas nos recuerdan un velero en desgracia".) Un par de horas después de iniciado el proceso, esparce en el caldero un puño de piloncillo, "como quien siembra". En media hora estarán listas tus carnitas.

3. Las carnitas de El Venadito (Universidad 1701, a la vuelta de Gandhi) son delicadas, picadas finísimamente; juntan, por ejemplo, costilla, chicharrón y algo encantador que llaman chiquita: es el tocino del cerdo, frito en manteca: les da un toque venturoso que despierta los costados de la lengua; nos gustaban también las del Paisa -uno de tantos-, con su gran foco y sus tortillas mirruñitas, en Bajío y Manzanillo, en la Roma. (Mi hermana y yo espiamos ahí, muertos de miedo, una infidelidad paterna a mediados de los 80.) También en la Roma (Campeche y Medellín) están unos Kuinitos potentísimos (oficialmente han perdido ese nombre, pero todo el mundo sigue diciéndoles así), cuyo dependiente era grande, imponente y feo como un dios olmeca. [*] La camioneta de Richard lleva carnitas los martes y los jueves a su esquina de la Condesa, Tamaulipas y Alfonso Reyes, pero hay que cuidarse de su imposible salsa verde. Hay carnitas de pato en el ambiente world-weary del MP (Andrés Bello 10, Polanco) y en Mercaderes (5 de Mayo 57, en el Centro), deliciosas ambas, y las hay de atún en el hiperagitado Puntarena (Palmas 275)...

Sin embargo, las carnitas más excéntricas que he probado estaban en un pueblucho perdido (con justa razón) en el principio del sureste, donde tuve que esperar, hace siglos, la reparación de un autobús en un viaje inolvidable. Era un puesto blanco semifijo, alrededor del cual se aburrían unos tipos hechos de polvo, cerveza y un sombrero cada uno. Tres renglones de letras rojas anunciaban el menú. El de arriba decía: Carnitas, el de en medio: de y el último: perro. G.C. Vaillant, en The Aztecs of Mexico, un libro candoroso de 1944, escribió que el perro era parte de la dieta azteca, "aunque nunca se usaba como bestia de carga" (mucho agradecerían los perros); el felicísimo Bernardino ensayó en su Historia general la definición de unos perros "que se llaman tlalchichi, bajuelos, redondillos. Son muy buenos de comer". (Raro understatement; apenas dos párrafos arriba había escrito unas líneas que conmueven: "Los perros desta tierra son mansos; son domésticos; acompañan o siguen a su dueño; son regocijados; menean la cola en señal de paz; gruñen y ladran; abaxan las orejas hazia el pescueço en señal de amor".) Pedí tres de maciza; era excéntrica pero no extraña: perfectamente podía haber pertenecido a un marrano; era mild, tal vez en señal de paz; estaba algo seca, y la salsa casi no picaba. Los tipos ni me miraban, como si todos los días se perdiera en ese pinche pueblo un chilango incauto. Pagué (ya no me acuerdo cuánto) y me largué, más o menos indiferente al hecho de que un perro había sido sacrificado en nombre mío.
[*] Más taqueros memorables. Uno, el gran Sammy, del Tizoncito de Tamaulipas y Campeche (en la Condesa), cuyo cuchillo hiperpreciso hacía volar la piña hasta la parte baja de su espalda, donde la esperaba una mano contorsionada que sostenía un
taco en el cantil del vértigo. Otro, el agilísimo taquero (casi un niño) que expendía su producto en San Ángel, sobre Revolución, afuerita del Sumesa. Con pinzas se pasaba la tortilla de un lado a otro, con pinzas recogía el bistec picado fino, las papas que volaban hasta el taco, las cebollas y, si querías, la salsa. Eran dos pinzas; nunca las soltaba. No eran herramientas, sino la extensión de sus miembros, como la espada es la extensión del brazo de un guerrero. Menos feliz era aquel taquero que se ponía afuera del viejo cine Las Américas y aclaraba: sírvase salsa y dé tres pasos hacia atrás (?!), e interminablemente menos la taquera de Ensenada que te hacía servirte los condimentos (col, limón, salsa blanca y verde) en orden, de izquierda a derecha, so pena de recibir tacos de camarón involuntarios, que no sólo eran los más caros, sino que, como anunciaba una admonición de aquel puesto, se debían “pagar antes de comer”. Yo, la última vez que estuve ahí, cometí el error de pedir un “refresco” y no una “soda”, cual es debido, lo que permitió a la delicada señora forzarme a pagar todo antes de comer, “no vaya a salir con sus chilangadas”. La desaparición de estos taqueros es también, entre otras cosas, la desaparición de un México entrañable.


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novedades

Trialucin [pronúnciese trialucín]. Pequeños caleidoscopios pop creados en el reino del fotosopeo. El besuqueo escaneado de Eva no es lo mejor de trialucín [el ‘tri-‘, dice ella, es por diseño+foto+pintura] pero sí lo más alarmante.

Dan ganas de escribir así:

Uno se refugia de tanto pintxo de diseño y tanta cocina en miniatura en la taberna en la que Dios creó al hombre y no se qué diablos de una costilla de la que surgió Eva. Migeltxo, Pili y Iosune pilotan este bólido que es el mejor bar de pintxos de Donostia, que es como decir del mundo entero. Hay chorizo picante, ensaladilla, huevas de merluza cocidas en vinagreta, pepinillos rellenos de bonito, antxoas en salazón y queso de oveja. Y las especialidades: doña “Gilda”, el “Indurain”, que es una especie de Gilda pero apoyada sobre un taco de bonito en escabeche, la mejor tortilla de patata del mundo civilizado y otra de jamón ibérico que tiene más cerdo que huevo. El “mini” de bonito, antxoas y guindilla está para comerse una docena. Si pides antes del café un Roquefort con antxoa, sabrán, aunque tengas pinta de guiri valenciano, que eres de los “nuestros”. La cerveza está helada, el vino de la casa está pelotudo y si quieres te lo sirven en porrón, ahí es nada...


pero son David de Jorge y H. Etxeberría, un par de verracos vascos cagadísimos que recién estrenaron glotonia y ya se puso excelente. Clic, pues, clic.

Me caigo y me levanto. Sonetos, retruécanos, cuentos breves, lecciones de métrica [self-inflicted], madrazos y moretones por Luciana. Un blog joven, con acento argentino, que ya pinta.

Yo no sabía que el otro Gabriel tenía blog. Algunos lo reconocerán porque tiene un maestro que mea en la llanta de su propio auto y dice “aquí meó el maestro Rulfo”. En el nombre de su blog hay cuando menos tres falsedades: No estoy borracho. He aquí un ejemplo de su humor [no supe si poner las comillas en “ejemplo” o en “humor”]:

Los señores que contraté para mudarme venían en su camioncito comentando los siguientes puntos:
–¿Supiste que ayer cargamos unos muebles bien pesados?
–¡Nombre!

Más tarde, en una reunión de publicistas, las conversaciones tenían el siguiente vaivén:
–Güey, ayer vi un comercial buenísimo.
–El que yo vi es mejor.

Bajo ese esquema, imagino a dos empleados de equis circo itinerante:
–¿Y anoche comiste mucha espada?
–Algo, ajá.


De revolutionibus orbium coelestium de Adrián Santuario. Otro blog que promete: una singular mezcla de física, matemáticas y poesía minimal, juguetona, huertiana. Es mucho más divertido que su nombre.

Navegaciones es una mezcla de secuela y covacha de la columna de Pedro Miguel en La Jornada. Su descarada afición por la poesía es lo que más me prende.

Areopago XXI. Serch, un bloguero hiperreflexivo, traza en el muro de la cárcel una puerta que da al campo, al aire libre. A veces, los comments de su club de lectores se ponen divertidísimos de tan serios.

Laudator temporis acti. Blog de Michael Gilleland, joven erudito, vindicador de tiempos idos, de una amabilidad contagiosa. [Su empinadísima inclinación hacia la derecha es más difícil de compartir, mais...] Léase, por ejemplo, su post sobre el oficio gallardo del comesolo.

The Etymologist. Ahí do Anatoly Liberman da mordiscos etimológicos a lo que se le pone enfrente. Sabroso y cumplidor: publica los miércoles.

Panmixio. ¿Será que Rovan logrará mantener el nivel conmovedor de su primer post? Está cabrón, pero no imposible.

Preludes for Memnon. Evelio se tomó la dignísima molestia de subir todos estos preludios de Conrad Aiken a un blog solito y de un único post. Le agregó links a entrevistas, lecturas, estudios. Una chamba tan inútil como bella.

Stella Errans de Diana V. ¿Cómo se me había podido pasar esta voz hipersensible, dulce y triste a veces? Ni idea.

La página de Contreras. Tú ponle un reto a Luis David. Él sabrá callarte la bocota.

PK. Medio cachondo y medio sonetero. Un blog para los amantes de las coincidencias que friquean.

Fiori di sonetti. Ai nomás pa los aficionados a las recopilaciones inútiles.

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Rochillito. Obviamente.

Tlacuiloco. Viñetas en caída libre; arlequines que juegan con constelaciones; Eliot a través del espejo; gatos y ojalá, algún día, perros.

Pinche Everett vino a cenar (y desayunar) de Pollo Rosa. Para aficionados a los días lluviosos, las rosquillas, que la gente haga fila, las fems, las pelotitas de las máquinas dispensadoras. Ah, y los Simpson. (A mí no me pregunten qué diablos quiere decir el nombre de este blog, el único y verdadero sal de uvas.)

Taedium Vitae. Se murió el año pasado pero sigue siendo inigualablemente pasado de lanza y divertido.

O jardim das delícias. Una voz dulce, instantánea, que (mejor todavía) está en portugués.

Tristeza global. Michelle on the Road postea cada corpus, pero suele ser ponedoramente azotada.

El espacio poético de Charp. Cuando quiere, puede ejercer una imaginación desaforada en una ciudad de México onírica. De repente, también, da con un gran verso.

El blog más piñata, de Davidson. A veces es para léperos y guarros; a veces para melómanos villamelones o de veras. Es mejor cuando es para solitarios y jodidos. Ojalá cada semana cortaran a mr Davidson.

Monique. Dramas, desamor, encuentros nocturnos que incluyen drogas y cierto cool condesero, todo sobre el fondo del personal soundtrack moniquesco.

La pausa inútil. Cine y música y, a veces, una búsqueda lenta, meditabunda, dentro del corazón de sí mismo.

Bitter Berri. La hermana cruel de Vestar: bilis, flemas, jugos gástricos: puro amargo retrogusto. [en receso]

Srita Masturbación. A veces cumple la promesa: más cabrona que un pitbull.

Oh mama, can this really be the end? El puro nombre dylaniano ya valdría la visita. Está en inglés.

El país de octubre. Divertidísimo a veces (un ejemplo ya clásico), otras no tanto. Hay que echarle el ojo.

Sangüich de triangulito, pero sin orillas. El blog de Guhz no es comestible, pero debería serlo.

Sonetería El Estrambote. Una curiosidad, por decir lo mínimo. Sonetos de todo: de los tsunamis, del blogueo, del deseo:

Quisiera terminar este trasiego
de vodka, chicharrón y carne humana
y ver a la lechuga como hermana
con los ojos en blanco de borrego.

The language log. El mejor blog de lenguaje: lingüistas aceleradísimos, experimentos y una capacidad/necedad total para poner en su lugar a quien se deje. Está en inglés.

Doves at dawn. Hilda traduce, expone, anota, escribe. Poesía difícil o transparente, propia o ajena.

Blogderground de Vicadín. El lado más sabrosamente vergonzoso de la ciudad de México, visto con una lente irónica o sorprendida.

Espectro de Brocken de J. Ledesma. Hay cosas que todos llevamos dentro: un asesino, un loco, un adicto a las drogas. Espectro, probablemente el sitio más cuidado alrededor de Thomas de Quincey (bueno, tampoco hay tantos), puede sacar a cualquiera de los tres al aire libre. Un blog para dejarse llevar.

L'Atelier de Vida. Tardó un poco en arrancar pero ya está buenísimo: cocina desprejuiciada, atrevida. Dan ganas de irse a vivir al atelier.

Ivaginaria de Elia. Reproducimos aquello que los Tres Cochinitos ya escribieron sobre ella:

“Me gusta abrir la boca frente a un pito
mientras espero al güey que se pajea.
Así mero le haré cuando te vea.”
No enviarás lujurioso mensajito
dice de Jehová la sabia ley,
y no dice en vano, niña ivaginaria,
pues ¿qué hago con mi urgencia tumultuaria?,
¿cojo un avión y vuelo a Monterrey?,
¿me quedo en la ciudad idiotizado
a ver a qué hora mandas un mensaje?,
¿me meto alcohol y coca en plan salvaje
a ver si Dios me quita lo bailado?
¡Qué calentura y qué pinche deseo!
Voy a poner mi cel en un museo.

Si no la visitas (pantalones abajo o falda arriba, según tu preferencia), tú te la pierdes.


xlix


[clic sobre la imagen]


ed. 1470


padilla: bendita sea la hora



maestro malara: a sant jhoan baptista



fernando de herrera: estancia



garcés: benditos sean el día



petrarca: benedetto sia’l giorno



copley: seventy-two





j. fernández: 72



roldán: lxxii



catulo: carmen lxxii



  • EL PROFILE (COMPLETO)
    BREVE MANIFIESTO ANTROBIÓTICO

    THE SPECTATOR

    CLIC: BLOGS OF "NOTE"

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    DANZA CON LOBOS

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    ERECCIONES Y HUMEDADES LAS QUEJAS DEL JOVEN WERTHER PURA POESÍA TRADUCIR/SER OTRO DRUNK, THAT'S ALL GLOTONERÍAS ANYBODY FANCY A LINE? LA LISTA ANTROBIÓTICA

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    ARCHIVO LECUMBERRI